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Tuesday, August 23, 2011

Anécdotas de Escritores

Lewis Carroll se encontraba una vez en vagón de tren con una señora y su hijita, que venía leyendo "Alicia en el país de las maravillas". Cuando la niña cerró el libro, él se puso a hablar con ella acerca de la historia; también se unió la madre a la conversación. Sin saber que su interlocutor era el autor de la obra, la mujer comentó: "¿No es triste lo del pobre Sr. Carroll? Se volvió loco, sabe...". "¿De veras? -preguntó el autor- nunca había escuchado eso". "Oh, yo le aseguro que es cierto, me lo contó alguien de quien no se puede dudar". Antes de separarse de ella, Carroll obtuvo permiso para enviarle un regalo a la niña, quien pocos días después recibió un ejemplar de "A través del espejo" con la dedicatoria: "Del autor, como recuerdo de un viaje agradable".

Cuenta González Ruano en su libro "Baudelaire" que éste, tan solitario en su lujuria, es para muchos sospechoso de virginidad. Algunos amigos reciben la confidencia desconcertante de mujeres que han conocido íntimamente a Baudelaire, que el poeta "no las usa". A más de un indiscreto que le pregunta el motivo, él responde con frases como ésta:
"¡Ah, son muy aburridas, la de anoche tenía los senos donde la de antenoche: en el pecho, ¡Qué falta de imaginación!".
El editor Robert Giroux le preguntó en una ocasión a T. S. Eliot si estaba de acuerdo con el famoso dicho de que la mayoría de los editores son escritores fracasados. Eliot se quedó un rato pensativo, para finalmente contestar: “Sí, supongo que algunos editores son escritores fracasados, pero es que también lo son casi todos los escritores”.

El hijo del escritor Nathaniel Hawthorne, Julian, era escritor al igual que su padre, y la gente los confundía con frecuencia. Una vez una señora se le acercó a Julian exclamando lo mucho que le había gustado La letra escarlata. Julian se encogió modestamente de hombros y le contestó a su admiradora: “Ah, ese libro. Salió al mercado cuando yo tenía tan sólo cuatro años”.

Tras una agradable velada en la que había disfrutado de una suculenta cena, el poeta Robert Frost salió al balcón junto con otros invitados para ver ponerse el sol. Una joven exclamó: ¡Oh, Sr. Frost! ¿No es una puesta de sol espectacular?. Frost respondió: “Lo siento, nunca hablo de trabajo después de cenar”.

Un periódico al que el escritor Rudyard Kipling, conocido autor de El libro de la selva, estaba suscrito, publicó por error su epitafio. Inmediatamente Kipling le escribió a uno de los editores, pidiéndole que, ya que estaba muerto, que no se olvidaran de borrarlo de la lista de suscriptores.

En el diario del abogado John Manningham, hay una entrada de 1602 en la que hace referencia a una famosa anécdota respecto al célebre dramaturgo William Shakespeare y uno de sus actores habituales, Richard Burbage. Aunque Burbage no era un hombre especialmente guapo, su carisma encima del escenario lo convirtieron en un hombre que disfrutaba de un gran éxito con las mujeres. Una dama del público le hizo llegar un mensaje invitándolo a visitarla esa misma noche, diciéndole que se anunciara como Ricardo Tercero (en esos momentos Burbage interpretaba a Ricardo III en la obra honónima de Shakespeare). Shakespeare oyó el mensaje, y se presentó en el domicilio de la dama antes de que llegara Burbage. Cuando llegó Burbage, Shakespeare ya estaba con la dama y, enterado de la llegada del actor, le envió a la criada con un mensaje: William (Guillermo) el Conquistador fue antes que Ricardo III.

El poeta irlandés William Butler Yeats era un hombre, cuanto menos, peculiar. Aparte de su trato con numerosas sectas y su colaboración con los hermetistas de su época, siendo ya bastante mayor decidió hacerse un transplante de testículos, implantándose unos testículos de mono que, según él, aumentaban su potencia sexual. Los irlandeses lo llamaban su Viejo Hombre Glande”.

Aunque era más conocido como pintor, el artista inglés Dante Gabriel Rosetti también escribía poesía. Cuando falleció su mujer, Elizabeth Siddal, de una sobredosis de láudano, en 1862, al poco tiempo de dar a luz a un niño sin vida, Rosetti cayó en una gran depresión y enterró todos sus poemas con su mujer en el Cementerio de Highgate. Con el paso de los años se arrepintió de esta decisión y finalmente acabó desenterrando su cadáver para poder recuperarlos.

El puñetazo propinado supuestamente por Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez hace más de 30 años en México protagoniza una de las anécdotas del libro firmado por Luis Fernández Zaurín bajo el título “De cuando Vargas Llosa noqueó a Gabo”. El supuesto puñetazo puso punto y final a una de las amistades más fructíferas de la historia de la literatura. La anécdota hace alusión al encuentro que tuvo lugar en 1976 en México entre los dos escritores del “boom” latinoamericano, cuando al final de la proyección de “La odisea de los Andes”, García Márquez se acercó al Llosa para saludarlo y recibió un puñetazo en el mentón que lo dejó tirado. “Vargas Llosa había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana y Gabo, tratando de consolar a su mujer Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por ‘abandono del hogar’”, relata el texto.





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