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Wednesday, November 23, 2011

El caso de los anteojos rotos

El título de mi post haría pensar en una historia contada al estilo Agatha Cristhie o Sir Arthur Conan Doyle, de quienes soy un gran fan, pero no, este texto tiene que ver más con una reflexión sobre lo que es usar anteojos en este mundo de operaciones laser y de lentes de contacto y quererlos por sobre todas los demás prejuicios que acompañan al cegatas.

Desde pequeño he sido un poco impedido visual (padezco un ligero astigmatismo) que me dificulta manejar o ver películas sin mis vidrios. Sin embargo, jamás me molestó tener que usarlos, muy al contrario siempre me han parecido parte de mi personalidad aristocrática, pedante y pretenciosa.

Cuando tenía 13 años y me probé mi primer par de lentes le pregunté al oculista: -¿Usando estos lentes se corregirá mi vista? - A lo que respondió con un -Ajá, sí como no - que asumí era una burla a mi ingenuidad adolescente. ¿Por qué será que los viejitos que se dedican a la salud siempre son tan enojones y además burlones con la chaviza?

Mi primer par de lentes eran feos y con fotosensibilidad, es decir doblemente feos y nacos. El asunto es que el que los compró fue mi papá y él siempre se ha caracterizado por tener nada de onda y muy al contrario ser extremadamente codo, por lo que tuve que escoger un modelo horrible pero en oferta, obviamente y además cuando le dijeron que por el mismo precio podrían ser lentes obscuros bajo la luz del sol, pues no dudo ni un segundo y por supuesto ni me preguntó.

Toda la gente que sabe de moda sabe que el tipo de lente debe ir con el tipo de rostro, ese tipo de trivialidades a mi papá lo dejaban frío, así que sobra decir que los lentes ni iban con mi tipo de cara y más bien me daban una apariencia de nerd que en ese tiempo no podía confundirse con absolutamente nada cool. Yo era simplemente un ñoño.

Así transité por la vida en mi adolescencia y gran parte de mi vida adulta. Cuando pude empezar a trabajar, aproveché para salirme de mi casa, así que fui una persona muy pobre durante mis veintes, pero eso sí, muy libre. Entonces tampoco me podía financiar unos buenos lentes. Descubrí los lentes de pasta eso sí, que según yo me hacían ver muy acá, muy beatnik según yo, hasta que un día Ana Pontes me dijo que parecían lentes de Patito, una novela muy mamalona que salía en ese tiempo en el Canal de las Estrellas.

Quiso el destino que conociera a mi mujer por esos tiempos y a quien le reconozco el sentido del gusto. Ella fue la que me regaló mi primer par de lentes de calidad de Navidá. Unos Lagerfeld carísimos en mis términos (costaron 1,500 pesos) muy monones que  me hacen ver como millonario griego. Para mi desgracia mi hijo pequeño piensa que es muy cool jalarlos como si fueran el monstruo elástico. Han aguantando esos lentes pero ayer al acostarme, quedaron sobre la cama y en una de mis tantas vueltas los terminé por romper.

Hoy en la mañana al verlos, tuve un obscuro sentimiento de desamparo, de ceguera temporal, de miopia existencial; así que me avoqué a encontrar a través de la Internet un hospital de lentes, no encontré uno cerca, qué sí están registrados, pero al ir a la óptica más cercana me dijeron que todas ellas tienen contacto con alguna clínica repara anteojos y por la módica cantidad de 130 pesos prometieron que arreglarían los míos.

Es probable que cuando mi esposa, mi querida esposa, los vea reparados, insista en que los tire y me compre unos nuevos, lo cual me parece una franca excentricidad pues no somos ricos, sin embargo creo que mientras no se percate los voy a disfrutar más pues me parecen que unos lentes que han sido arreglados, son como los zapatos que les ponen suelas nuevas, uno siente que vuelve a estrenar, pero además sobre un producto que ya ha usado y que es parte de ti: doble cariño pues.

Me parece que mis lentes ahora van a tener más estilo.





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