Héctor Aguilar Camín.
Escritor.
"La
vida de cualquiera, la de usted, si se la cuenta usted completa a
alguien, no se la creen. Porque la vida no es creíble. Son creíbles las
novelas porque toman sólo una parte de la vida y la condimentan mucho".
En
noviembre de 1987, me mudé a vivir a las calles de Gelati, en un
tranquilo barrio de la Ciudad de México llamado San Miguel Chapultepec,
frontero al Bosque y al Castillo del mismo nombre. Las primeras
escaramuzas con la nueva casa, fueron una pequeña inundación y la cara
de espanto de Silvina, la asistente doméstica, al amanecer una mañana
con la certidumbre de que la habían visitado unos fantasmas. Según
Silvina, la puerta de la habitación donde dormía, entre cajas de ropa y
libros por desempacar, había cedido el paso en la noche a una ráfaga
fría de aire cuya única explicación era que la desplazaba un cortejo de
fantasmas. La luz de la luna había rebotado en el vano, subrayando con
su palidez inesperada el momento, y Silvina había pasado el resto de la
noche despierta, rezando y conteniendo el llanto tras el pavor de sus
ojos saltados.
Fue la única visita de ultratumba que
Silvina recibió en la casa de Gelati, porque al día siguiente decidió
irse. Su paso dejó entre mis hijos un dominio pleno sobre la mayor
colección de obscenidades que hayan registrado bocas infantiles y en mí
el incómodo sentimiento de que acaso había dicho la verdad y los seres
de otro mundo circulaban por la casa, con su ectoplasma al hombro,
dispuestos a escoger a alguien una noche para deslizarle, en un susurro,
su mensaje sencillo y espeluznante: "Estoy aquí".
Lo
cierto es que Silvina decidió irse y yo olvidar sus razones. Una noche,
al meter el auto en la cochera, que daba a un tramo oscuro de la calle
de Gelati, me saludó por mi nombre, afable pero sorpresivamente, una
mujer alta y delgada que se identificó como Laura Reséndiz, hija del
gran historiador Laureano Reséndiz, ella misma historiadora del
Instituto de Antropología, donde trabajamos juntos felices y
aleccionadores años. Me preguntó si nos iba bien en el nuevo barrio y le
dije que muy bien, pero que, la verdad, estaba temblando porque me
había sacudido, en medio de la oscuridad, con su saludo inesperado.
Agregué que ella venía resultando el segundo fantasma aparecido durante
mi breve estancia en la San Miguel Chapultepec. Me miró angélicamente,
con su cara recta y fina, como iluminada por el hallazgo de un alma
gemela, y me dijo:
-Si ya tuviste tu primer fantasma en
la San Miguel Chapultepec, tienes que conocer a mi mamá para que te
cuente del suyo. Se refiere directamente a tu calle.
-¿La calle de Gelati?
-Sí. Esta es zona de muchos fantasmas. No creas que eres la excepción.
Atestiguó mi horror desde la nobleza de sus facciones rectas y siguió, sin darme pausas, con su fulgor apacible:
-Es
zona de fantasmas por razones históricas. En estos rumbos fue la famosa
batalla de Molino del Rey, contra el ejército norteamericano, en 1847, y
hubo muchos muertos sin enterrar, muchas fosas comunes, así que hay
muchos huesos que siguen buscando reposo cristiano. El coronel Gregorio
Gelati murió en esa batalla. Si te interesa la historia, ven a
visitarnos un día, y mi mamá te la cuenta completa. Nuestra casa ya la
conoces, está en la privada que sigue, el portón del fondo. Pasa cuando
quieras, en la tarde siempre estamos ahí. Y bienvenido a San Miguel
Chapultepec.
No alcancé, en mi desconcierto, a balbucir
las cortesías vecinales del caso. Cuando volví en mí, ya Laura era una
silueta que se perdía rauda y esbelta entre las sombras, como si en
efecto hubiera sido mi segundo fantasma.
-Mi nueva casa
reposa sobre un cementerio anónimo -les dije a unos amigos esa noche,
con encono y desánimo patriótico-. Me mudé al corazón de una asamblea de
fantasmas.
Les conté entonces mi encuentro con Laura
Reséndiz y el triste caso de la batalla de Molino del Rey, que abrió a
las tropas de Winfield Scott el camino hacia el Castillo de Chapultepec y
la ocupación de la Ciudad de México. La serena sonrisa de Laura
Reséndiz acompañó mis desvelos fantasmales de esa noche. Amanecí
recordándome, para evitarme ensueños de más, que entre Laura y yo había
una relación de orden fraterno, impropicia a la aventura. Su padre,
Laureano Reséndiz, había sido mi maestro. Conservaba de él una memoria a
la vez luminosa y melancólica. Había sido el gran historiador polémico
de su generación, un espíritu iconoclasta empeñado en revisar los
pedestales de los héroes y las mentiras piadosas de la historia patria.
Había sido un refrescante ensayista, autor de interminables andanadas
contra las celebraciones al uso de las esencias y las grandezas
históricas de México. Como maestro, era una leyenda viva y una fiesta de
humor, precisión y elocuencia. Pero no había escrito su gran libro y,
al acercarse a la sesentena, lo atormentaba la conciencia de su edad,
que virtió con humor en su propio aforismo: "La historia es oficio de
viejos, no de ancianos".
Los últimos años de su vida los
había dedicado a la exhaustiva averiguación de lo que el creía lo
decisivo de la historia del país. No sus momentos consagrados -la
Independencia postnapoleónica, la Reforma del siglo XIX o la revolución
de 1910-, sino la sedimentación lenta de creencias, hábitos, costumbres e
identidades, que fueron el piso común de lo que llegó a ser, con el
tiempo, la nación mexicana. Reséndiz situaba el inicio de ese fenómeno
en las postrimerías del siglo XVI y avanzaba rastreando sus huellas
fundadoras y sus procesos formativos hasta bien entrado el siglo XX.
Había dado por terminada la investigación y se disponía a escribirla,
cuando lo sorprendió el cáncer de páncreas que lo demolió en mes y
medio. Desde entonces, cada vez que posponía algún proyecto intelectual o
difería la escritura de un ensayo para un indefinido "mañana", la
memoria de Laureano Reséndiz venía hasta mí para decirme en el oído: "No
hay mañana. Mañana es hoy. Cuando dices mañana, quizá estes diciendo
nunca".
En varias ocasiones, como extensión de lo que
Alfonso Reyes hubiera llamado el "inmediato magisterio de su presencia",
sus alumnos habíamos estado en la casa de Laureano Reséndiz a tomar
café y oporto, y su hija Laura se unía a las tertulias con discreción
elegante y acogedora. Recordaba la biblioteca de Reséndiz, porque ahí
nos reuníamos, y en particular su pared de primeras ediciones de obras
de historia mexicana del siglo XIX. Pero había perdido en mi cabeza la
ubicación exacta de su casa, que ahora Laura restituía, efectivamente al
fondo de una calle ciega, sustraída a la cuadrícula de su entorno
urbano por un aire conservado de finca de campo que un altísimo cedro,
rezumante de pájaros, confirmaba.
A la mañana siguiente,
de paso al Bosque de Chapultepec para mi caminata matutina, me asomé a
la privada y reconocí el portón de pesados aldabones, los muros con
bugambilias y la vereda de tierra que recordaba. Por la tarde, eché mano
de un libro de ensayos recién publicado, que incluía la glosa de un
aforismo de Laureano Reséndiz, y regresé al portón por entre las
hortensias que escoltaban la vereda. La propia Laura abrió, con los
espejuelos de arillo redondo sobre el puente alto de su nariz, y los
ojos verdes que yo había olvidado, risueños y hospitalarios en la
cordial inteligencia de sus brillos.
-¿Volvieron tus fantasmas?- preguntó, antes de cederme diligentemente el paso.
-No
recordaba que la casa quedara aquí -le dije-. Aunque vinimos tantas
veces, sólo recordaba la biblioteca y la privada. Con relación al lugar,
estaba norteado.
-Pues resultamos vecinos -dijo Laura-.
Yo vivo aquí con mi marido y mi mamá. Desde antes de que muriera papá,
la casa era demasiado grande para ellos. Ahora nos queda bien a todos.
-¿Tienes hijos? -pregunte.
-No, no -evadió Laura, con una sonrisa que quiso alejar ese tema de conversación, como quien aleja un mal recuerdo.
Todavía
incómoda por el traspié, cerró el portón y caminó delante de mí hacia
la casa. Como muchas otras de la zona, la de Laureano Reséndiz tenía un
frente engañoso, estrecho, que abría a una vasta propiedad con un jardín
selvático en el que convivían fresnos viejos y robustas araucarias,
piracantos y platanillos, bugambilias y madreselvas. El terreno era
irregular, más ancho al fondo que al frente. La casa estaba construida a
la izquierda, según la vieja traza en C de las construcciones de
provincia, unidas por un pasillo exterior en tomo a un huerto donde
hacía gorgoritos una fuente de piedra. Al fondo, en el flanco opuesto
del terreno, estaba la biblioteca, a la que era posible llegar sin
entrar a la casa, siguiendo un sendero de arcilla. Cuando Laura me
condujo a la casa, recordé que no había estado nunca en ella, que
siempre había seguido por el sendero a la biblioteca y que no había
tenido nunca ocasión de saludar o cruzarme con doña Viviana León,
entonces esposa y hoy viuda de Laureano Reséndiz, aunque recordaba
haberla visto en una conferencia, erguida e impasible en la primera
fila, mirando sin parpadear a su marido con la absoluta certidumbre de
que todos los demás la miraban a ella.
Había sido una
belleza legendaria y controvertida, que casó muy joven con un anciano
capitán de industrias y al enviudar, antes de cumplir veinticinco,
dedicó su fortuna a ejercer la libertad juvenil que su matrimonio
prematuro había segado, y su cabeza a escandalizar a su clase con
campañas pioneras en favor de la igualdad de la mujer, el control
demográfico y la educación sexual. Según su propio relato, una mar ana,
al entrar a la Biblioteca Nacional había visto, sentado en un extremo,
absorbido en un tomo infinito de heráldica novohispana, a un hombre de
huesos largos y mirada como un relámpago de acero. Había sabido: "Con
él". Y a él, Laureano Reséndiz, dedicó los siguientes cuarenta años de
su vida.
Laura me hizo pasar a una sala de sillones de
altos respaldos y taburetes de cuero, en cuya pared mayor imperaban,
equidistantes y soberanos, los retratos de Viviana y Laureano en el
medio siglo de su edad.
-Te sirvo un oporto y voy por
doña Viviana -dijo Laura Reséndiz, y siguió hablando mientras lo
servía-: El sillón de brocado color vino y pistache que ves ahí, estaba
en la antesala de Maximiliano, hace ciento veinte años, en el Castillo
de Chapultepec. Siéntate en él a ver si te dice algo. La lamparita verde
que está en la esquina, la de los flecos, era de su secretario.
-Veo
que se han apropiado bienes invaluables de la nación -jugué, pasando la
mano espírita por el brocado de un siglo y los ojos envidiosos por la
hermosa lámpara que alguna vez había alumbrado los memoriales de la
gloria y la debacle de un imperio.
-Los vendieron como
chatarra en una limpieza de las bodegas del Castillo de Chapultepec
-dijo Laura, que volvía ya con el oporto-. Si insistimos, nos los
hubieran regalado. Bueno, ahora vuelvo con doña Viviana.
Miré,
mientras esperaba, el óleo de doña Viviana León en la pared. Admiré el
limpio trapecio del pecho y el vestido entallando sin estorbos sobre el
torso juvenil de sus cincuenta años. Su brazo izquierdo, delgado y
aristocrático reposaba sobre una chimenea y daba a la posición de su
cabeza un toque alado; su brazo derecho apuntaba en un escorzo de
coquetería hacia su frente para guiar la posición de abandono del
rostro, que miraba en tres cuartos, con una mezcla indefinible de
complicidad y soberbia. El óvalo de su cara era largo, la frente amplia,
la nariz recta y las cuencas de los ojos muy profundas sobre los
pómulos.
Me absorbí, supongo, en esa contemplación,
porque volví a brincar como sacudido por los fantasmas cuando la limpia
voz de Laura Reséndiz dijo, a mis espaldas:
-Aquí estamos ya.
A
la altura del vientre de Laura, puesta como en un nicho dentro de una
silla de ruedas, me miraba, sonriendo, el mismo rostro largo y esbelto
del óleo, pero resuelto ahora en una piel que era sólo una laminilla
dorada de arrugas, en el marco de una robusta cofia de cabello gris,
cuya abundancia juvenil era tan sorprendente como la perfecta disciplina
conque cada pelo ocupaba su lugar.
-Bienvenido -dijo
doña Viviana León, con una voz que alegró de inmediato su rostro,
llenándolo de gracia y simpatía-. O quizá debo decir: "Bienvenido, otra
vez", porque me dice Laura que era usted de los antiguos habitués de mi
marido.
-Así es -dije yo.
-Todos fuimos
habitués de mi marido en algún momento -dijo doña Viviana con una
cortinilla maliciosa entre el fino rimel de sus ojos, bien sombreados de
un azul discreto-. No había más que conocerlo para habituarse a él,
como si lo conociera uno de toda la vida. Mi marido tenía lo que en mis
tiempos se llamaba "don de gentes", y hoy hay que llamarle charm, porque
ya nadie entiende ni quiere hablar español. Veo que ya se tomó su
oporto -me dijo, cazando en efecto mi copa vacía sobre la mesa, con una
mordida de los ojos-. ¿Quiere otro? Diga que sí, para que yo tenga
pretexto de pedir también. Pónme ahí en mi lugar y traéme una copita de
oporto -le dijo a Laura, mirándola hacia arriba con sus ojos coquetos y
admonitorios, como queriendo apagar sus protestas y recordarle quién
mandaba.
Laura la corrió hasta el lugar que había entre
dos sillones individuales, en la pared donde colgaban los retratos, y
fue luego al arcón para traer la botella.
-Uno nada más -le dijo a doña Viviana, suviéndole un dedal de oporto.
-Me
cuida como si a mi edad pudiera volverme alcohólica -dijo doña Viviana,
demorándose en la observación del líquido bermellón, como si lo probara
con la vista-. Hace unos días me caí y tenía un dolor muy fuerte en la
rodilla Le dije al médico que me diera morfina y me contestó "La morfina
crea adicción". "Por poco tiempo", le dije yo. Y él me dijo "No. Crea
adicción duradera". "En mi caso, incluso lo más duradero será por poco
tiempo, doctor". Hasta entonces me entendió, pero igual no me dio la
morfina. Hay un lado ciego en los médicos. Ven tanto dolor que acaban
pasándole por encima.
-Lo que vieron en su casa, fue un
fantasma -dijo Laura, señalándome para información de doña Viviana-. Se
mudaron a la calle de Gelati y tuvieron un fantasma el primer día.
-¿El primer día? -preguntó doña Viviana. Y con súbita seriedad, mirándome fijamente, quiso saber: -¿Cómo era?
-Se
le apareció a la muchacha que cuidaba a mis hijos -dije yo,
desarregladamente-. Es decir, la muchacha dijo que se le apareció.
-¿Cómo era? -insistió doña Viviana.
-No
fue de ningún modo -dije yo-. La muchacha se asustó porque se abrió una
puerta con el viento, y ella creyó que eran fantasmas.
-¿No vio nada? -preguntó doña Viviana.
-No -dije yo.
-Menos
mal -respiró doña Viviana-. Los fantasmas en general se le aparecen
primero a la servidumbre. Yo eso lo sé muy bien. Pero si no los vio, no
es cosa seria. Aquí nos hicimos expertos en fantasmas, en esta casa.
-Me contó Laura -le dije.
-Laura
lo sigue tomando a juego, pero no fue un juego -la riñó amorosamente
doña Viviana-. Cada vez que alguien habla de fantasmas aquí en el
barrio, ella viene y me lo cuenta como jugando, pero a mí se me paran
los pelos. Fíjese, cuando mi marido y yo nos mudamos a esta casa, San
Miguel Chapultepec era una zona campestre. Llegaba un tranvía y había
luz eléctrica, pero la mayor parte de las calles no estaban
pavimentadas, eran senderos de pasto y tierra. Las casas no tenían
bardas ni estaban unas junto a otras, sino que nos separaban unas cercas
de palo y había muchos predios sin ocupar llenos de yerba y árboles,
como un bosque. Esta casa era una especie de quinta que nosotros
adaptamos. Teníamos el doble de terreno, pero luego vendimos la mitad.
Donde está ahora la biblioteca y más atrás, teníamos un establo con
vacas de verdad, que se ordeñaban para el desayuno. Y una población de
gallinas que cacareaban todos los días su huevo real. Ya nadie toma de
esa leche bronca ni come de esos huevos cimarrones. Nos darían diarrea
esas cosas naturales, sin conservadores y las demás porquerías que les
ponen y les quitan a los alimentos ahora. Un día viene la muchacha,
Dorotea se llamaba, la había traído yo de San Martín Texmelucan,
encargada por su familia a que se educara, me sirviera y se casara, tres
cosas que hizo, y muy bien hechas, mientras estuvo conmigo. Bueno,
viene Dorotea algo asustada y me dice que en el amanecer, todavía de
noche, mientras empezaba a disponer la cocina para el día, vio pasar un
señor bajo, vestido muy raro, enojado y como empolvado, hacia el
establo. No le hice mucho caso, pero mandé a Juan el mozo que viera si
había alguien por el establo. Regresó diciendo que no había nada, y
mandé a Dorotea que fuera con él a ver para que se cerciorara por ella
misma. No bien pasó un mes, y me encuentro a Dorotea llorando en la
cocina, desencajada, a las ocho de la mañana, diciendo que tenía tres
horas que el fulano se le había aparecido de nuevo, pero sólo que esta
vez la había mirado. "Me miró, doña Viviana, con sus ojos de capulín.
Eran todos negros, señora, no tenían blanco, como tenemos los
cristianos". Ya me pareció que había algo raro, que alguien andaba
jugándole malas pasadas a Dorotea o que Dorotea se me estaba empezando a
desquiciar. Por una cosa u otra, decidí que por lo pronto durmiera
dentro de la casa y no en su casita por allá por el establo. Y le pedí a
Juan el mozo que estuviera todos los días tempranito con ella en la
cocina, para que no pasara sola esa hora de antecito del amanecer que
era la de su aparecido. Así fue, y pasó un buen tiempo sin percance.
Hasta que un día al levantarme, me encuentro un nuevo alboroto en la
cocina. Otra vez había cruzado el hombre, pero ahora el que lo había
visto era Juan el mozo, un muchacho sano, bueno para todas las cosas del
hombre como se decía antes, lo más lejano de un pusilánime que
anduviera viendo o inventando fantasmas. "Lo vide igual que Dorotea", me
dijo Juan. "El hombre era bajo y traía un traje polvoso y un vendaje en
la mollera. Pasó de largo y lo atisbé por la espalda. Se llegó al
establo y escarbó junto al abrevadero. Luego junto a la tranca de las
vacas, como si buscara algo. Y El Canelo no ladró", me dijo Juan,
refiriéndose al perro de campo que cuidaba la casa y cuya especialidad
verdadera era ladrar. Por todo ladraba, menos por ese intruso. El
silencio de El Canelo me dio qué pensar. Decidí conversarlo con
Laureano, mi marido, que ni por aquí le pasaban los enredos domésticos
que pudiera haber. El vivía en su propio mundo de libros viejos,
razones, teorías y palabras.
Naturalmente le dio risa,
porque era un descreído que no lo puede usted creer. "¿Por qué no se te
aparece a ti, que eres la dueña de la casa?", me preguntó como único
argumento. Pensé que tenía razón, pero le dije lo que a usted: que los
fantasmas siempre han tenido proclividad a aparecérsele a la
servidumbre. "La cual suele ir de la mano con la ignorancia", me dijo mi
marido, con quien era más bien difícil discutir.
-Era un genio, mamá. No lo critiques -intervino Laura, risueña y coadjutora desde su propio sillón.
-Eso
digo -devolvió con entusiasmo doña Viviana-. Era difícil discutir con
él, porque llegaba muy rápido a lo esencial, y no se podía seguir
adelante. Le dije: "Laureano, a lo mejor esta gente, en su sencillez,
está más cerca de Dios y de sus espíritus que nosotros los propietarios,
y por eso ellos ven lo que nosotros no". "Si Dios existe, lo único que
no puede hacer es excepciones", me contestó Laureano. Y se acabó la
discusión. Haga de cuenta que también se acabó el problema, porque el
señor empolvado de la venda no volvió a aparecérsele a nadie. Un día,
sin embargo, se le metió a mi marido la idea de construir en lugar del
establo una biblioteca, porque ya no cabía con sus libros en la casa.
Así era. Había libros en el baño y en los roperos, al pie de las camas y
sobre los sillones de la sala. Era una epidemia de libros, porque
Laureano no podía resistirse a ellos. Entraban y entraban libros, y no
salía ninguno. Los libros eran su pasión, su manía. Acabó pareciendo él
mismo un libro. Qué digo un libro: un papiro egipcio. Ay, mi pobre
marido -suspiró doña Viviana-. Tan flaco, tan sabio y tan agnóstico el
pobre.
-Guapísimo, mamá -dijo Laura-. Mi papá era guapísimo, no digas.
-Dímelo
a mí que lo aferré en la época en que lo andaba persiguiendo medio
México -dijo doña Viviana León-. Hasta una señora gringa vino a
querérselo llevar. Una bibliotecaria texana que luego nunca se casó la
pobre, desengañada, pienso yo, de que mi Laureano no emigró de este
nido. Ahora, mire usted: bien puesto este nido sí estaba. Habré leído
pocos libros en mi vida, pero sé muy bien cómo me caen los vestidos y
por dónde les ajusta el corazón a los hombres. ¿Sabe usted por dónde?
-No -sonreí-. ¿Por dónde?
-Por
la comodidad y el chiqueo -sentenció doña Viviana con risueño desdén-.
En el fondo todos son unos niños, y hay que saber no negarles nada sin
cederles un ápice, si me entiende usted.
-Horrorizaría usted a las feministas -le dije.
-El
feminismo es una forma de pensar demasiado en los hombres -contestó
doña Viviana-. O será que ya estoy vieja y no entiendo nada. El caso es
que hicimos presupuestos y empezamos a construir la biblioteca de mi
marido que usted conoce. Yo, para librarme de los libros de Laureano y
él para librarse de mis campañas de orden, que tropezaban por todos los
rincones de la casa con sus libros. Bueno, pues un día, mientras
escarbaban para los cimientos, viene el maestro de obras, un tanto
desencajado, y me pide que venga a ver una cosa a la obra. Echamos a
caminar, él en silencio y con la cabeza gacha, como avergonzado. Y
cuando llegamos me encuentro a sus albañiles en torno a una zanja
mirando también como si hubieran pecado. Bueno, no era para menos. Me
asomo a la zanja y qué me encuentro: nada menos que un sudario con unos
huesos, de una calavera y una patita completa, perfectamente conservada
con todos sus huesitos, del carcañal a los dedos. "Qué puntería", les
dije a los muchachos. "Si se iban a encontrar con un entierro, mejor
hubiera sido el de un tesoro. Qué poca imaginación". No les hizo gracia,
pero yo tampoco sabía que decir. Ya no quisieron seguir trabajando. Se
santiguaron uno por uno frente al despojo y fueron desfilando por la
puerta. Llamé a Juan el mozo y entre los dos metimos el sudario en un
saco de yute, haciendo los dos como que recogíamos tepalcates
prehispánicos. "Pónlos por allá", le dije. "¿Por dónde?", me dijo Juan
el mozo. "Al final del terreno", le dije, "por donde nunca pasamos".
"Con su perdón", me dijo Juan el mozo. "Estos son restos de hombre y
merecen cristiana sepultura". Entendí que tenía razón y le dije:
"Déjalos a buen recaudo en el depósito de carbón, que al cabo está
vacío. Ahora mismo voy por el señor cura que nos diga qué hacer. Pero no
le digas nada a Dorotea, ni al señor Laureano. Esto queda entre tú y
yo". Así hicimos. Me fui volando a la parroquia de al lado, porque igual
que en los pueblos, aquí apenas teníamos servicios pero había una
parroquia con iglesia de tres cúpulas y altar recamado en oro. Yo no he
sido nunca creyente fanática, pero creyente sí y también amiga de los
curas, que me resultaban los únicos varones tratables, porque eran los
únicos varones con los que no mediaba ni sombra de pecado venial, si me
entiende usted. Los hombres están siempre viendo, buscándole el lado a
una. Los curas no, o al menos yo no les daba ese status y no reparaba en
sus picardías. Me resultaban muy cómodos, así que siempre hice buenas
migas con ellos y participé en las cosas de la caridad, los
dispensarios, etc. Por excepción, sin embargo, con el cura de la
parroquia de Tacubaya me llevaba mal, porque era un viejito algo
cascarrabias, que me quería ver en la iglesia todo el tiempo. Sobre
todo, quería que llevara a mi marido. El ateísmo de mi marido, según él,
era mi tarea evangélica. Es decir, que mi obligación cristiana era
quitarle lo ateo a mi marido. Hágame usted el favor. De cualquier modo
fui y le conté el problema.
Lógicamente,
me salió con su domingo siete. Me dijo que no podía santificar como
humano un entierro de huesos que no se sabía de quién eran. Además, las
inhumaciones clandestinas eran contra la ley y podía traerle problemas.
Había que denunciar a las autoridades la aparición de los huesos, me
dijo, y que vieran ellas qué hacer. Pensé que tenía razón, pero al mismo
tiempo la idea de tener al ministerio público en mi casa averiguando y
preguntando, me resultó intolerable. Así que le sugerí algo que sabía
que le iba a gustar, porque, en general, a los curas les encanta burlar a
la autoridad civil sin arriesgar nada. Le dije que yo enterraría el
sudario en un lugar de mi jardín y que él viniera a la casa con el
pretexto de bendecir la obra de la biblioteca que habíamos empezado.
Luego de bendecir la biblioteca, de pasada, le daría con el hisopo la
bendición a los huesos para ayudar a su reposo eterno. Eso le encantó, y
así lo hicimos. Juan el mozo y yo enterramos el saco de yute en un
extremo de la finca, buenos dos metros abajo, y le plantamos encima una
azalea. Cuando vino el párroco con sus ropas de gala para la bendición,
mi marido desde luego no estaba. Porque todo esto era a espaldas de mi
marido. Si se llega a enterar, me mata. El párroco bendijo la obra y nos
echó con el hisopo a nosotros también, a Juan, a Dorotea, a mí y hasta a
El Canelo. Según terminó de bendecir la obra, me lo fui llevando hacia
el extremo de la finca, donde se veía la tierra recién movida y el
renuevo de la azalea. "Ahí es" le murmuré en el oído. Gruñó en señal de
que me había entendido, y se fue acercando, con desgana, hasta que ya
como a unos tres metros, de lejecitos y mirando a otra parte, le echó
también con el hisopo al rincón. Lo tomé del brazo, lo acerqué otro poco
y cuando estábamos enfrente, le pedí que volviera a echarle con el
hisopo. Accedió refunfuñando. "Ahora dígale que descanse en paz", le
pedí, y él masculló, no muy a gusto: "Descanse en paz". A continuación
de lo cual, empecé a entonar un padre nuestro que todos secundaron y él
no tuvo más remedio que repetir también con nosotros.
-Ay, mamá. Dejarías de hacer tu voluntad alguna vez en tu vida -dijo Laura.
-El
que iba a lidiar con el fantasma era yo, no el señor párroco -dijo doña
Viviana-. Quería que lo aquietara lo más posible. Y así fue. Terminaron
la biblioteca, la casa quedó limpia de la epidemia de libros, y la
azalea creció junto a la cerca marcando claramente el lugar. Pasó el
tiempo y un día llegó Laureano mi marido como iluminado, con un libro
enorme de litografías y crónicas. "Mira", me dijo, "Aquí está todo", y
me fue mostrando los grabados del libro. Era una memoria de la campaña
militar en Tacubaya y Chapultepec contra las tropas norteamericanas.
"Aquí estamos nosotros", dijo, señalando unas irregularidades del
terreno en el croquis de la batalla de Molino del Rey, en 1847. "Ahí
estaba la primera línea de las defensas mexicanas, aquí mismo, junto a
la biblioteca. Y cuando digo mexicanos", me explicó mi marido, "me
refiero a que probablemente la de estos combatientes y estas batallas
fue la primera generación que supo en carne propia que era mexicana, que
estaba dispuesta a matar y morir por el país que hoy llamamos México.
¿No te emociona?". Le dije que sí, como le decía siempre, porque nunca
le dije un "No" a Laureano mi marido. Desde la primera vez que puso en
mí sus ojos, le dije "Sí". Y se lo seguí diciendo de corazón toda la
vida. "¿Quieres decir", le pregunté, "que aquí donde vivimos hubo una
batalla el siglo pasado?". "Exactamente", me dijo Laureano, él sí muy
emocionado. "La famosa batalla de Molino del Rey". Me quedé un poco
exhausta y sin habla, debo reconocer, pero alcancé a preguntarle: "¿Y
hubo muchos muertos en esa batalla?". "Bastantes", dijo él. "¿Cómo
cuántos?", quise saber. "Quizá unos trescientos", dijo mi marido, sin
levantar la vista de sus croquis y mapas. "¿Y dónde los enterraron?",
seguí preguntando. "A los oficiales mexicanos muertos, los llevaron al
panteón de Santa Paula", respondió mi marido, que sabía cualquier
cantidad de detalles históricos de ese tipo. "¿Y a los no oficiales?",
pregunté. "Fosas comunes. Los recogieron sus deudos o los enterraron sus
propios compañeros como se pudo y donde cayó", me dijo Laureano mi
marido. "¿Quieres decir que todos esos cuerpos quedaron regados en
distintas fosas por aquí?", pregunté. "Por estos llanos, si", respondió
mi marido. "Mira, éste es el plano de la defensa del Castillo de
Chapultepec. ¿No es una maravilla?". Volví a decirle que sí, como
siempre, pero la idea de haber levantado mi casa sobre un cementerio
improvisado, aunque fuera del siglo anterior, ya no me dejó desocupada
la cabeza. Desarrollé lo que se llama una obsesión, siempre con el
sudario de la azalea metido en la cabeza, mientras la azalea se iba
levantando y dando flores junto a la cerca, y sólo Juan el mozo y yo
sabíamos. Los secretos son horribles, lo carcomen a uno. Eso me pasó a
mí. Entre otras cosas, empecé a hacer lo que nunca: a buscar entre los
libros de mi marido todo lo referente a la batalla de Molino del Rey.
Empecé a revisar sus libros y a enterarme. En realidad, lo que trataba
de hacer era ubicar exactamente nuestra casa sobre el terreno de la
batalla y luego averiguar lo que había pasado exactamente en ese tramo.
Una tarea imposible, porque nadie llegaba a ese detalle en las crónicas,
y los partes de guerra menos aún. Un día, revisando un libro con
litografías de uniformes militares de la época, se me prendió la cabeza y
llamé a Juan el mozo. "¿Te acuerdas del señor que viste luego que
Dorotea?", le pregunté. "Me he de acordar toda la vida", dijo Juan el
mozo. "¿Te acuerdas que iba vendado de la mollera y tenía un traje
polvoso?", le pregunté. "Sí", me dijo Juan el mozo. "¿Cómo era? ¿Puedes
describirlo?", le pregunté. "Tenía abultado aquí en los hombros, y con
una tira de cuero a lo largo del pecho", dijo Juan el mozo. "No podría
recordar más". "Muy bien", le dije. "No hace falta que recuerdes. Quiero
que mires estos grabados que voy a mostrarte y me digas si alguna de
estas prendas se parece al traje que le viste a aquel hombre". Y le
empecé a hojear el libro con las litografías de los uniformes de la
guerra del 47. No avancé mucho. Apenas le di vuelta a la página, me dijo
Juan el mozo: "Era como ése". Señaló con el dedo un traje de coronel,
azul, con unas pequeñas charreteras y una tira de cuero que sostenía el
espadín. La prenda cruzaba sobre el pecho, como un paletó, pero
terminaba como una casaquilla a la cintura. Pasé entonces a otro volumen
que incluía infinidad de grabados de personajes de la época y, en
particular, de los oficiales que habían combatido en Tacubaya y
Chapultepec durante la invasión norteamericana. Y le dije a Juan el
mozo: "Quiero que te fijes bien en cada uno de estos rostros y me digas
si alguno se parece al hombre que viste", y empecé a hojearle el libro.
No reconoció a nadie, pero yo me topé ahí con la triste historia de
Gregorio Gelati, en cuya calle vivimos y ya vivíamos entonces. En
realidad, me topé primero con el grabado de su rostro joven, de patillas
hasta la mandíbula, y en cuanto lo vi me dio un salto el corazón. ¿Sabe
usted por qué?
-No -le dije-. ¿Por qué?
-Porque era idéntico
a mi primer marido, sólo que más joven. Un criollo con todos los
agravantes, los rizos oscuros sobre la frente, la nariz española,
grande, accidentada. Y el fuego en los ojos, esa fiebre buscona e
insaciable que yo conocí ya en sus rescoldos en mi primer marido, pero
que lo había movido toda su vida a buscar más, más, siempre más. Me
capturó el coronel Gelati, como si lo conociera, como si fuera parte de
mi familia y lo hubiera perdido hace poco. Y su terrible historia. Tenía
cuarenta y cinco años Gregorio Gelati cuando una bala de rifle le
atravesó la sien derecha y le estalló la cabeza en la batalla de Molino
del Rey. Para entonces, llevaba treinta años de vida militar. Se había
enlistado en el ejército realista a los dieciséis en el Bajío, había
hecho la independencia en 1821, había combatido en Tampico la invasión
española de 1829, había hecho la campaña de Texas, con Santa Anna, en
1835 y 36, y había bajado guerreando desde el Norte contra la invasión
norteamericana hasta que la muerte lo sorprendió en la batalla previa a
la ocupación norteamericana de la Ciudad de México. Mientras lo veía en
su grabado, mirando oscura y empecinadamente hacia el futuro, me
preguntaba si la muerte no habría sido el menor de los males para él, a
quien no le esperaba sino ver la derrota de su ejército y la ocupación
de su país. Soñé esa noche al coronel Gelati, y muchas otras. Se
convirtió en parte de mi obsesión por el cementerio sobre el que
vivíamos.
-El cementerio de la patria -me entrometí yo-. La nación entera descansa sobre el panteón de sus héroes.
-Hay
una idea siniestra en ese lado de la historia patria, ¿no crees? -me
dijo Laura, paseándome una ráfaga cómplice con sus serenos ojos verdes.
-Es
la esencia misma de la historia patria -pontifiqué-. Otros murieron
para que nosotros podamos vivir. La savia de la patria es la sangre
derramada de sus héroes.
-Pues eso es siniestro, ¿no crees? -dijo Laura.
-Tu
papá decía que son atavismos de la tribu -recordé yo-. Dedicó varios
ensayos a desmontar esas pulsiones. En particular, la idea de que hemos
construido una nación sobre las tumbas de nuestros héroes.
-La
nación, no sé -dijo doña Viviana-. Pero nuestra casa, desde luego. Es
lo que a mí me obsesionaba. Aunque no lo podía conversar con mi marido,
me despertaba en la noche pensando en el entierro bajo la azalea y
diciéndome: "¿Cuántos más habrá?". Claro, luego luego volvía del
tormento diciéndome: "Ocúpate del que sabes. Que ése es el único que
hay, mientras no aparezca otro". Pero con ése era suficiente para mi
insomnio. Fue una temporada terrible. Yo me sentía hundir, como en un
remolino, en esa obsesión. Me dejaba libre unas horas del día, y de
nuevo volvía a tomarme del cuello. Era un sentimiento tan desordenado y
tan fuerte que no podía quedarse ahí. Tenía que tener su clímax. Y lo
tuvo. Lo tuvo una madrugada en que, sacudida otra vez por esas
emociones, me desperté a las cinco de la mañana y fui a la cocina por el
único remedio que había encontrado contra el mal dormir. Eran unas
infusiones combinadas de tila y valeriana, que si no me dormían al menos
me tranquilizaban. Con la tranquilidad, poco a poco, venía después el
sueño. Tomaba una taza de esa mezcla antes de acostarme y dejaba en el
termo otro tanto. Pero como a veces despertaba dos veces en la noche, me
terminaba también lo del termo, así que a la segunda despertada tenía
que ir a la cocina por un nuevo brebaje. Fui esa noche, y esa noche
pasó. Cuando bajaba los potes de las hierbas de la alacena, volteé sin
pensar para el patio, por la ventana, y lo vi cruzar. Lo vi a lo lejos,
pero como si estuviera frente a mí. Lo vi perfectamente, en la sombra,
pero como si estuviera iluminado.
-¿A quién vio usted? -pregunté yo, para fijar exactamente de qué estábamos hablando.
-Al hombre -me contestó doña Viviana-. Al aparecido.
-¿El mismo que habían visto Juan y Dorotea?- insistí.
-El
mismo -dijo doña Viviana-. Con una venda sucia en la cabeza y el
uniforme lleno de tierra. Tenía una charretera desprendida y un brazo de
la casaquilla separado de la hombrera. Iba caminando a grandes pasos
haciendo aspavientos, refunfuñando, maldiciendo de su suerte. De pronto
se detuvo y regresó hacia donde yo estaba. Entonces lo vi, lo vi
claramente, aunque estaba en la penumbra. Vi su rostro. Y, en medio de
las manchas de pólvora y la suciedad del vendaje, reconocí al coronel
Gregorio Gelati. No tuve miedo, sino una rara simpatía de verlo tan
sucio y tan desarreglado. Me llenó uno de esos impulsos que tenemos las
mujeres de arreglar a los hombres y pasarlos impecables por la mirada de
otras mujeres, como si fueran nuestros perros, si me entiende usted.
Con la marca de propiedad en el atuendo. Ese fue mi impulso primero.
Pero entonces, en su camino de regreso, en medio de sus gestos rabiosos,
el coronel me miró. Es decir, miró hacia donde yo estaba, con el pote
de valeriana detenido todavía a mitad de camino, el brazo levantado,
paralizada por la aparición. Entonces sí se me heló la sangre. Porque
vi, como había visto Dorotea, vacías las cuencas de sus ojos, pero al
mismo tiempo llenas por ese fuego oscuro que había visto en sus ojos en
el grabado, y que había visto siempre en el fondo de los ojos cansados
de mi primer marido, que Dios guarde en su activa gloria. Se me fue el
alma del cuerpo. Mientras el coronel daba vuelta de nuevo y caminaba
hacia el final del jardín, me volví como pude a mi cuarto, deteniéndome
de las paredes, sintiendo mi corazón salirse por mi boca y mi vientre
ahuecarse como si se me hubiera pegado al espinazo y estuviera encogido
ahí igual que un odre desinflado. Me acosté en la cama boca arriba,
respirando trabajosamente. Pero no pude sostenerme ahí. Entonces abrí
otra vez las sábanas y me metí abajo de mi marido, pidiéndole entre
ahogos que despertara y me cubriera con sus brazos. Despertó y me
consoló con sólo dejarme estar entre su pecho. Me consoló tanto, que no
supe en qué momento me dormí. El sobresalto que me despertó fue un
estallido silencioso, me encontró todavía metida como kangura en el
falsopeto de mi marido. "¿Sigue la pesadilla?", escuché a mi marido, que
me velaba el sueño sin moverse, a mi lado. "No fue una pesadilla", le
dije. "Lo vi de verdad". "¿A quién?", preguntó, sorprendido, Laureano.
"Al coronel, al aparecido", le dije. "¿Cuál coronel? ¿De qué aparecido
hablas?", me dijo mi marido. "Tuviste una pesadilla y despertaste a
media noche gritando que te abrazara". "No", le dije. "Venía de la
cocina cuando te desperté". "Tú no te has movido de esta cama", me dijo
mi marido. "Yo acababa de dormirme cuando me despertaste, y tenía el
sueño intranquilo. Te hubiera escuchado levantarte, como siempre". Era
verdad que siempre me escuchaba al levantarme, tenía el sueño ligero
como los venados. Su cabeza estaba siempre en actitud de alerta. La
verdad, me metió la duda de si había soñado o había visto al coronel
Gelati. Porque lo había soñado otras veces, pero no así. Total, me volví
a refugiar en él y ahí estuve hasta que el ánimo me volvió al cuerpo y
decidí levantarme. Sin embargo, no bien llegué a la cocina para disponer
el día, volvió el remolino. "Tengo que hacer algo con ese entierro, o
me voy a volver loca", me dije, y con la misma llamé a Juan el mozo que
me acompañara. Nos fuimos al fondo del jardín a inspeccionar la azalea.
Cuando llegamos vi a El Canelo echado al lado de la azalea y una zanja
cavada bajo su cuerpo. Fue un horror. "Algo habrá olido El Canelo, que
empezó a escarbar donde el difunto", me dijo Juan el mozo. Estuve a
punto de confesarle mi aparición de la noche anterior, pero me contuve.
Porque una distancia hay que mantener siempre con la servidumbre, por su
bien y por el bien nuestro. "¿Había rascado antes?", le pregunté a Juan
el mozo. "No que yo haya visto", me dijo Juan. "Pero así son los
animales. De pronto algo les avisa y van a buscar donde antes no. Este
ya olió al difunto bajo tierra". "No digas eso", le ordené. "No repitas
eso. Aquí no hay ningún difunto". Pasé un día terrible, cruzada de
sofocos y desesperos. Por la noche, no pude más y le conté todo a
Laureano, mi marido, empezando por el principio y terminando por los
escarbados de El Canelo, que me confirmaban la aparición y me estaban
volviendo loca. Me escuchó con toda paciencia y toda incredulidad. Al
final me tomó de la cabeza y me dijo mirándome a los ojos: "Si te
demuestro que Gregorio Gelati está enterrado en otra parte, ¿me prometes
olvidarte de estas historias de aparecidos?". Porque a él lo ofendía
sobre todo la idea de que su mujer, o sea yo, anduviera creyendo en esas
historias de gente ignorante y supersticiosa. Le parecía bien para el
vulgo, pero entre nosotros, era una ofensa. Le dije que sí, que con su
demostración me bastaría, aunque en el fondo de mí yo sabía que era más
grave que eso, no un asunto de pruebas y razones, sino de espantos y
aparecidos. Me dormí otra vez pegada a él. Al día siguiente, me levantó
temprano, me hizo echarme un chal encima y salimos a caminar bajo su
guía. "No vamos muy lejos. Es un buen paseo", me dijo. Caminamos hacia
el Bosque de Chapultepec y subimos por un costado de la casa
presidencial de Los Pinos, hacia la parte de bosque que estaba enfrente.
Como a medio kilómetro de ahí, en un llano mal cuidado, había un
monumento muy viejo, con las rejas oxidadas y una cúpula con una
doncella de atuendos griegos reclinada sobre una urna. "Es el monumento a
los caídos en la batalla de Molino del Rey", me dijo mi marido. "Fue
levantado en 1856, por el gobierno de Ignacio Comonfort. Aquí lo dice,
mira". Me mostró la leyenda. Me la aprendí de un vistazo, y no la he
olvidado. Decía: "A la memoria de los ilustres y esforzados mexicanos
que, combatiendo en defensa de su Patria, le hicieron el sacrificio de
sus vidas, en este mismo lugar, el día 8 de septiembre de 1847".
"Ahora", me dijo mi marido, "quiero que leas aquí", y me fue llevando
por las inscripciones de cada uno de los cuatro lados del monumento,
donde se registraban los nombres de los héroes que habían enterrado en
el monumento. En la lápida poniente decía arriba, con letras muy
grandes: ANTONIO LEON y en el segundo lugar, con letras menos grandes:
Gregorio Gelati. "Tu coronel y aparecido reposa aquí, desde el año de
1856, en que fue erigido el monumento", me dijo mi marido. Me eché a
llorar de alegría y gratitud viendo esa lápida que me absolvía del
espanto de mi casa, y luego me empecé a reir con unas ganas que no he
vuelto a tener. Si el matrimonio hubiera desgastado alguna vez mi amor
por Laureano Reséndiz, esa mañana me hubiera reenamorado completa de él.
Lo cierto es que ese paseo lo cambió todo, disipó completamente mi
obsesión con el aparecido. Tanto, pienso ahora, que tuvo algo de
artificial, como esas mejorías súbitas de enfermos graves que nadie se
explica pero al final son flor de un día y precipitan el desenlace. No
hubo mucho tiempo para pensar en eso, porque, justamente en medio de una
de nuestras mejores épocas, cuando Laureano había encontrado al fin la
forma de quitarse actividades y encerrarse a escribir el libro que había
soñado veinticinco años, lo sorprendió el cáncer, como un rayo. Nos
sorprendió a todos. Antes de que pudiéramos pensarlo, ya estaba en el
hospital. Y antes de que pudiéramos acostumbrarnos a su nueva flacura,
ya era una calavera, un guiñapo, consumido y seco. Pero al mismo tiempo
húmedo y lento, como viscoso. No sé cómo explicarlo. Vi con horror cómo
esa cosa lo drenaba a paletadas, día con día. Se llevó a puñados su
cabello, su color, su peso, la forma de su pecho, la belleza de sus
huesos. Todo como a manotazos, arrebatándolo por dentro, podándole la
vida. Laura tenía ya quince años.
-Dieciséis -precisó Laura.
-Recuerdo que su
padre le decía en el hospital dónde tenía cada cosa -siguió doña
Viviana-. Lo que iba en cada capítulo del libro que iba a escribir.
Había leído todo, mi marido. Tenía un fichero con más de veinte mil
tarjetas. Ahora son fuente de consulta para un montón de investigadores
que vienen, sobre todo de Estados Unidos. Pero entonces eran todavía un
libro que sólo estaba en su cabeza y quería que su hija supiera
exactamente de qué iba a tratarse ese libro, como si estuviera pensando
que ella lo hiciera por él. Pero ésta era una muchacha y apenas prestaba
atención a lo que su papá decía del libro. El horror de verlo
consumirse ocupaba toda su atención.
-Tengo los apuntes
de entonces -me dijo Laura, insinuante-. Si los quieres ver algún día,
te los enseño. No los conoce nadie. A lo mejor tú si entiendes lo que
quería hacer y hasta escribes el libro.
-Ese libro es más grande no escrito -dije yo, sumiéndome en la adulación, para escabullirme.
-Mi
marido decía que los libros son mejores cuando se sueñan que cuando se
escriben -recordó doña Viviana-. El caso es que cuando mi marido murió,
yo no me puse de luto, sino que me morí también. Pregúntele a Laura.
Aguante la ceremonia de su entierro, que fue muy bonita, con las
autoridades de la Universidad y sus alumnos, discursos, elogios en el
periódico. Aguanté, hasta eso, sin llorar, ecuánime, tratando de no
fastidiar la ceremonia con mis mocos de viuda.
Pero
apenas terminó eso, luego de la cremación y de que traje las cenizas de
mi marido a la casa, mientras decidía qué hacer con ellas, el mundo se
vino encima de mí y yo dejé que me aplastara. Quiero decir, no me
importó nada. Era un dolor tan grande que no producía siquiera
sufrimiento, sino una apatía y una insensibilidad como de piedra. Estuve
meses encerrada, pregúntele a Laura, sin hablar, sin salir, sin comer.
Como al año, di con mis huesos en el hospital, literalmente con mis
huesos. Yo, que nunca he sido, por gracia de Dios, sobrada de carnes,
llevaba unos veinte kilos menos. Pensaron que tenía también un mal
fulminante, como el que había devorado a mi marido, y me pasaron por
todos los instrumentos imaginables. No encontraron nada, salvo la
ausencia de Laureano. Estaban los médicos asustados. Al cabo de un
tiempo, me dijo una amiga en el hospital: "A tu edad no te puedes morir
de amor, Viviana. Eso es para los jóvenes. Sería una ridiculez de vieja
morirte de amor a los sesenta años. !Y de amor por tu marido! No puede
ser". Me hizo reir Lolita con aquella ocurrencia. Fue mi primera sonrisa
en mucho tiempo, la primera señal de vida desde que había muerto mi
marido. La segunda, ¿cuál cree usted que fue?
-Ni idea -le dije.
-La noticia del monumento -reveló doña Viviana.
-¿El monumento de Molino del Rey? -pregunté.
-Ese
mismo -dijo doña Viviana-. Apareció en el periódico que lo habían
destruido sin darse cuenta durante unas obras de vialidad que estaban
haciendo. Se hizo un escándalo. Imagínese usted: habían profanado el
santuario de los defensores del 47. Hubo protestas de historiadores,
urbanistas y herederos de los héroes. Pero lo que a mí me interesó fue
que, en defensa del gobierno, salió una asociación de historiadores
masones diciendo que el monumento aquel era un invento, que los restos
enterrados ahí no correspondían a las personas que honraba el monumento,
sino que eran huesos sobrantes del Panteón de Santa Paula y les
pusieron los nombres de quien les dio la gana. Para probar eso, aquellos
masones ponían el caso de uno de los dos generales ilustres que honraba
el monumento, don Antonio León. Según distintas pruebas documentales,
fotos y testimonios de los herederos, los restos del general León habían
recibido cristiana sepultura en la catedral de Huajuapan de León, donde
reposaban hasta la fecha. El escándalo, lejos de aminorarse con eso, se
propagó. Luego de dos meses de guerrilla periodística en favor y en
contra del monumento, el gobierno dispuso que se rehiciera y se
reubicara. Pero pidió a una comisión de expertos del Instituto de
Antropología que se exhumaran los restos y se autentificara si
correspondía a los nombres de los héroes enterrados ahí. Le va a parecer
absurdo, pero este escándalo fue el que empezó a devolverme la vida. Me
pareció que mi marido y yo teníamos pendiente la batalla del entierro
de Gregorio Gelati, porque el coronel seguía agitándose en su tumba,
aunque mi marido lo hubiera logrado aquietar por un tiempo.
-Es increíble -le dije.
-La
vida es increíble -aceptó doña Viviana-. La vida de cualquiera, la de
usted, si se la cuenta usted completa a alguien, no se la creen. Porque
la vida no es creíble. Son creíbles las novelas porque toman sólo una
parte de la vida y la condimentan mucho. Pero eso es otro tema.
-¿Qué hizo usted entonces? -pregunté.
-Abusó de su hija chiquita -se quejó risueñamente Laura Reséndiz-. O sea, abusó de mí.
-Le
pedí a Laura que se hiciera presente con los de la Comisión de
Exhumaciones -explicó doña Viviana-. Le dije que se identificara como
hija de su padre y les contara del interés y la veneración que su padre
había tenido por ese Monumento, los muchos libros que había en su
biblioteca para documentar el episodio y la disposición de la familia
Reséndiz a colaborar con ellos en todo lo que les sirviera de la
biblioteca.
-Con una condición -recordó Laura.
-Con
una condición -aceptó doña Viviana-: Que Laura pudiera seguir de cerca
sus descubrimientos y tener información de primera mano sobre lo que
fueran encontrando.
-Nunca me contaste nada de esto -le dije a Laura-: ¿Fue antes de que coincidiéramos en el Castillo?
-Diez años antes -precisó Laura.
-Nunca me contaste.
-No eras del club de los fantasmas todavía -me dijo.
-Todavía no soy -recorde, y di con los nudillos en la mesa de madera-. A mí no se me ha aparecido nada, todavía.
-No se lo deseo -sentenció doña Viviana.
-Yo tampoco -confesé-. ¿Pero que dijeron los del Instituto?
-Aceptaron
encantados -sonrió doña Viviana-. Entonces yo le dije a Laura:
"Convéncelos que empiecen por la urna donde estén los restos de Gregorio
Gelati. Diles que lo hagan por deferencia a tu papá, que vive en la
privada de la calle de ese nombre".
-Fíjate las mañas de
doña Viviana -jugó Laura, envolviéndome otra vez con la fragancia, cada
vez menos oculta de sus grandes ojos verdes.
-¿Y los convenciste? -pregunté.
Completamente
-se envaneció retrospectivamente Laura. -En cuanto levantaron las lozas
y pusieron en orden las cajas con documentos y monedas conmemorativas
del entierro, se fueron sobre la urna ocho que llevaba grabados los
nombres de Gelati y otro señor que no me acuerdo.
-Rafael Linarte -precisó doña Viviana León-. Ese era el otro.
-¿Y que encontraron? -pregunté.
-Encontraron al fantasma de Gelati -resumió Laura, riendo como si me hubieran llevado con felicidad hasta el final de la trampa.
-¿Por que? -dije yo-. ¿Qué encontraron?
-Porque
yo tenía razón -dijo doña Viviana. -En la urna esa no estaban los
restos de Gregorio Gelati. Había los huesos de un hombre no mayor de
veintiocho años, pero Gelati tenía cuarenta y cinco al morir. El cráneo
que se encontró estaba roto e incompleto, pero se conservaba suficiente
para observar que no tenía el disparo que le quitó la vida a Gelati. Y
había también un fémur amputado, recuerdo de una de esas operaciones en
campaña. Pero Gelati murió completo no sufrió nunca la amputación de una
pierna. En consecuencia, no podían ser los restos de Gelati, aunque lo
dijera la lápida. Los masones habían tenido razón. Y yo también, en mis
sospechas. No sabe usted las vueltas que dio Laura para no darme la
noticia. Más vueltas que un perro antes de echarse.
-¿Por qué? -le pregunté a Laura.
-Porque
no sabía cómo iba a reaccionar -explicó Laura-. No sabía cuánto la iba a
afectar reabrir todo el asunto del fantasma y el entierro en su jardín.
Ella misma parecía un fantasma que iba a desvanecerse en cualquier
momento. Era impresionante verla. Estaba atada a la vida por un hilito. Y
yo tenía miedo de romper ese hilito con mi noticia. Cuando se lo dije,
me acuerdo que estaba temblando. Y ella también, un poquito. Pero cuando
acabé, la vi respirar aliviada. Me dijo, nunca me voy a olvidar:
"íBendito sea Dios que está enterrado en la casa!". Y a inmediata
continuación, pidió de comer. Ahí acabó su postración, como si le
hubieran inyectado un chorro de vida. No paró hasta que los médicos la
dieron de alta dos semanas después, con cinco kilos de más y una
depresión de menos.
-Era claro que me quedaba algo que
hacer en la vida -dijo doña Viviana-. Me quedaba, por lo menos, enterrar
al coronel, el cual, para ese momento, era ya una y la misma cosa con
el recuerdo de mi marido. Laureano, fíjese usted, se había quedado
detenido en mi memoria ese día que fuimos al Monumento y, como le dije,
me reenamoré de él. Aunque me hubiera dicho mentiras, eso no importa.
Fueron mentiras felices, que me hicieron feliz. Además, una no se
enamora de las verdades.
Generalmente una se enamora de las mentiras,
¿no cree usted?
-Absolutamente -concedí, sin titubear-. ¿Entonces qué hizo usted?
-Volví
a mi casa. La limpié, la ordené, la puse a funcionar como funcionó
siempre. Dorotea se había casado años atrás, y ahora tenía una asistente
de entrada por salida. Pero Juan el mozo seguía con nosotros y para
todo servía. Cuando sentí que las cosas volvían a ser lo que habían
sido, y que yo misma estaba mejor de peso y de ánimo, viendo revivir mi
casa, la casa que durante un año me pareció un ataúd, me dispuse a
cumplir mi tarea. Busqué a un viejo amigo jesuita, amigo de mis épocas
de caridades, y luego amigo también de mi marido, porque tenía la
debilidad por la historia, y le hice jurar que iba a ayudarme sin
preguntar de más. Se comprometió a eso y entonces le expliqué un poco,
sin entrar en demasiados detalles. Le dije que quería enterrar las
cenizas de mi marido en mi jardín y darle sepultura cristiana a unos
huesos que mi marido había conservado durante años en su biblioteca,
tratando de probar que eran los restos de Gregorio Gelati, el prócer que
daba nombre a nuestra calle. Le conté el resultado de la exhumación del
Monumento y le dije: "Laureano no pudo probar sin género de duda que
ésos son los restos de Gelati, pero yo los doy por buenos porque no
quiero tenerlos más en la casa". Me gustó de mi amigo jesuita, Toño
Paniagua, que no hizo un solo aspaviento. Se mantuvo en su compromiso de
no preguntar mucho, aunque a las claras le vi en los ojos que no me
creía una palabra. "Quiero que bendigas esas tumbas y les brindes la
paz". "El día que tú me digas", me dijo Toño Paniagua. "No tengo
impedimento". Tomé entonces el grabado con la cara de Gelati, que seguía
recordándome a mi primer marido en la mirada, y mandé hacer un ataúd
con su efigie labrada en la tapa, con unas guirnaldas abajo, para darle
la apariencia de un escudo. Cuando llegó el ataúd, llamé a Juan el mozo
una mañana que la señora había ido al mercado y sólo estábamos él y yo
en la casa, y le dije: "Vamos a escarbar en la azalea". Le oí crujir los
ánimos, pero se echó para adelante sin chistar. Fue un trabajo. La
azalea ya tenía metro y medio de alto y había enraizado bien. Hubo que
desenraizarla y ponerla a un lado, separando las últimas raíces del saco
de yute y del sudario mismo, que ya había sido perforado por la mata.
Como pudo, Juan el mozo separó las raíces y me dio el envoltorio
completo. Tenía su peso. Apenas pude aguantarlo y ponerlo en el ataúd.
"¿Vuelvo a sembrar la mata?", me preguntó Juan. "Pásala a la maceta que
traje", le dije. "Porque va a viajar mañana". Me miró sin entender, pero
obedeció en silencio. "¿A dónde ponemos el ataúd?", me preguntó. "En la
biblioteca del señor Laureano", le dije. "Pero antes quiero que me
ayudes a ver una cosa". "Usted dirá", contestó Juan, no muy convencido.
"Abre el saco y levanta el sudario de esos huesos", le dije. Me miró con
los ojos pelones de incredulidad, pero lo aplaqué con una sonrisa.
Haciendo un esfuerzo se inclinó sobre el ataúd, abrió el saco y apartó
el sudario. "Dame el cráneo", le dije, como si le pidiera un sartén. Lo
vi titubear entonces sí, pero antes de que titubeara otra vez, lo
adelanté y tomé yo misma el cráneo del ataúd. Estaba incompleto y
carcomido en la nuca y en uno de los parietales. Pero en el otro había
una abertura que me pareció suficiente como huella del tiro que le había
quitado la vida al coronel Gelati. Tuve una enorme pena, a través de
los siglos, por su dolor y su valentía, y se me llenaron los ojos de
lágrimas. Al día siguiente, vino Toño Paniagua. Enterramos las cenizas
de Laureano en el lugar que había quedado abierto con la azalea. Juan
cavó medio metro más de profundidad y pusimos ahí la urna de acero. Toño
Paniagua bendijo el lugar y Juan sembró después una bugambilia, para
que creciera enroscándose en la cerca. Meses más tarde, pusimos una
placa con un perfil de Laureano y nuestro adiós. Ahí está todavía, si
quiere verla antes de irse. Por lo que hace al ataúd, lo forré con una
bandera mexicana, lo metimos a una camioneta y nos fuimos al panteón de
Dolores, donde yo había apartado previamente un lote que costó carísimo,
porque es un panteón saturado. Pero ahí me pareció que debía ser,
porque es el panteón donde están los héroes del tiempo de Gelati,
empezando por Benito Juárez, y me pareció que era el panteón donde
Gelati debía estar. Nos tocó un lote al fondo, junto a la barda, entre
unos arriates secos y unos cipreses esmirriados. Los mozos del panteón
bajaron el ataúd a mano, un poco extrañados, porque están prohibidos los
ataúdes de madera en la ciudad. Pero a nadie se le ocurrió revisarlo,
nadie me puso impedimento, y una vez frente a la tumba, no hubo nada que
hacer. Lo enterraron y ya. Acabé de persuadirlos dándoles una buena
propina a cambio de que resembraran la azalea, que habíamos traído en su
maceta. Toño Paniagua bendijo el entierro. Cuando terminó, yo empecé a
cantar el himno nacional. Lo acabamos cantando todos, incluidos los
mozos sepultureros. Dejé sobre la tumba un ramo de flores. Con el
tiempo, mandé a hacer una lápida, con el retrato de Gelati, igual que en
su ataúd y una leyenda que todavía dice:
Aquí yace en paz el coronel José Gregorio Gelati, defensor
de su patria. Lo recuerdan sus deudos, como el mexicano primero que fue.
Tomó
respiro doña Viviana y volteó a verme después, con los ojos todavía
nublados por la emoción.
-Usted me dirá lo que quiera -agregó, como
cayendo en la cuenta de la impropiedad de su historia-. Pero esto que le
cuento fue en el 66, hace veinte años. Y desde entonces, no ha vuelto
por aquí el coronel.
Respiró de nuevo doña Viviana y
dijo, para terminar, con un rizo de ensueño en la frente y los labios:
-El único que sigue visitándome, es mi Laureano.