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Tuesday, May 24, 2011

Por vivir en quinto patio

Uno de los grandes mitos del Distrito Federal es la vida en vecindad y no me refiero como mito a que nunca haya existido, sino que alrededor de este concepto se han creado muchas historias que la han llevado a un terreno que roza entre lo anécdotico y lo romántico.

Soy de una generación que creció con películas de Pedro Infante y canciones de Chava Flores pues como a mi abuela le gustaban pues yo me las chutaba con ella. Probablemente sea la última generación que sepa cabalmente quien es Emilio Tuero y los nombres completos de la Familia Burrón; lo que amalgamaba a toda la parafernalia de personajes que llenaban mis tardes de ocio era esta apología de la pobreza.

A mí siempre se me antojó que ser pobre era más divertido, en las historias que oía, veía y leía siempre todos se la pasaban bien, tenían salidas muy creativas a problemas reales y en general siempre había una sana convivencia en el patio de vecindad que se antojaba.

Borola Tacuche era un personaje que por ejemplo, siempre hacía de la vida en vecindad una verdadera fiesta y sin embargo, al final siempre la realidad de la pobreza la regresaba de sus divertidas fantasías. Recuerdo que una vez por alguna razón se gana un elefante, (anécdota que repetirían varios lustros después Los Simpsons) arma un espectáculo circense y en cierto punto cuando está a punto de empezar a ganar dinero la gente de la vecindad mata al elefante y se lo come. ¡!

Siempre se adivinaba cierta realidad salvaje dentro del concepto de vecindad pero era tamizada por aventuras surrealistas que la hacían más divertida que temible. En ese sentido Chava Flores llevó la idea de la convivencia a todo un estudio sociológico, sobre esto se ha comentado mucho, sin embargo es de resaltar que en sus canciones siempre se dejaba de lado la vertiente naif para entrar de lleno en un análisis del mexicano que de tan descarnado era divertido:

Se casó Tacho con Tencha la del ocho,
Del uno hasta el veintiocho pusieron un festón;
Engalanaron la vecindad entera,
Pachita la portera, cobró su comisión.

El patio mugre ya no era basurero
Quitaron tendederos y ropa de asoliar;
La pulquería Las Glorias de Modesta
Cedió flamante orquesta pa´que fuera a tocar.

La vecindad fue para Chava Flores un lienzo en donde pintaba con colores chillantes la variopinta realidad del Distrito Federal, su logro era plasmar de manera divertida a gente que existe y que además conocemos en un lugar que tampoco nos es tan ajeno.

Ya lo actuaba Emilio Tuero en sus películas, el muchacho de alma limpia que se enamora de la chica que vive en casa de dos pisos y su amor se vuelve prohibido porque él, vive en un quinto patio, el sitio más humilde en un lugar de por sí pobre. Gran drama universal entendido en el tono chilango, un amor prohibido por diferencia de clases, pero al final triunfador por sobre el cochino dinero.

La vecindad es un concepto al que todos tuvimos acceso, por lo menos como referencia y nos es cercano, tal vez porque el Distrito Federal en sí mismo es una gran vecindad en donde todo es chisme y chacoteo, en donde todos queremos ser menos pobres y en donde todos somos un poco ridículos como Doña Florinda, Pepe el Toro y Agallón Mafafas.

Yo vivo actualmente en un departamento que mantiene a la gente viviendo en periqueras pero son el sabor cochino de la vecindad, ni siquiera hacen una posada los culeros.

Ni hablar mujer, trais puñal.


Monday, May 23, 2011

La ciudad de los perros

La historia de la Ciudad de México siempre ha estado ligada a la imagen arquetípica del perro. Desde los tiempos de los aztecas, el perro siempre fue parte de los usos y costumbres del chilango prehispánico, que lo mismo lo usaba para curar sus heridas cuando estaba enfermo haciéndolo acostarse sobre la parte dolorida; como para comérselo en sabrosos tacos,(dicen que los españoles gustaron mucho de la carne que vendían en los mercados, me gustaría haberle visto la cara al primer español que se dio cuenta que estaba comiendo perro) o lo usaban como compañía, sacrificándolo cuando el amo moría para que lo acompañara en el Mictlán. El itzcuincli era un animal multiusos y esa relación no ha cambiado mucho actualmente.

De hecho, el mexicano promedio es un poco perro siempre: rico o pobre regularmente está hambreado y nunca nada es suficiente. Si tiene oportunidad es un poco ladrón, un poco sinverguenza, pero siempre fiel a su amigo y a su amo. Entre nosotros cuando las miradas se nos van detrás de las curvas de una mujer que pasan, nuestros amigos se burlarán de nuestra conspicuidad diciéndonos: "Peeeerrroooo".

Hemos tenido presidentes perros, que han jurado defender el peso como tales y como tales se robaron todos los huevos de la canasta. En twitter nos juntamos en jaurías y mordemos a todo aquel que cae en desgracia. Cazamos en manada y siempre estamos en celo.

Es curioso pero pocos saben que durante cierto tiempo a esta ciudad se le llamó: La Isla de los Perros. El 20 de septiembre de 1629, una serie de impresionantes lluvias comenzaron a golpear la capital de la Nueva España. Durante treinta y seis horas contínuas el agua cayó en torrente sobre la ciudad de México, los ríos comenzaron a desbordarse y lenta pero inexoráblemente el agua comenzó a inundar la ciudad por completo. En ese tiempo no había como desahogar todo el líquido pluvial (claro, las cosas no han cambiado mucho desde entonces). Al apagarse las lluvias, sólo quedaron los edificios más altos que precisamente eran los del Zócalo capitalino: La catedral y los edificios de gobierno, así como una que otra casa grande del primer cuadro. Los perros callejeros que se habían salvado y que no eran pocos, nadaron hasta esos lugares altos para salvarse. Durante cierto tiempo la ciudad quedó abandonada y los únicos dueños de ese lugar fueron los perros y en ese tiempo la ciudad se le llamó: La Isla de los Perros.

Hoy todavía tenemos manadas completas de perros callejeros que van de un lugar a otro, ellos son uno de los tantos terratenientes que tiene esta ciudad. Sobreviven con esos grandes ojos solícitos que nos piden les arrojemos un pedazo de "suaperro" en las taquerías y ahí vemos que el viejo adagio jamás se cumple pues "perro sí come perro".