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Saturday, September 10, 2011

El fantasma de Gelati (Héctor Aguilar Camín)

Me encontré este magnífico artículo de Héctor Aguilar Camín publicado originalmente en Nexos, y quise publicarlo en este blog que trata sobre todo de la Ciudad de México de una colonia que me gusta mucho que es la San Miguel Chapultepec y sobre un tema que me encanta personalmente: Los fantasmas. Espero disfruten su lectura como yo lo hice.


Héctor Aguilar Camín. 
Escritor. 

"La vida de cualquiera, la de usted, si se la cuenta usted completa a alguien, no se la creen. Porque la vida no es creíble. Son creíbles las novelas porque toman sólo una parte de la vida y la condimentan mucho".

En noviembre de 1987, me mudé a vivir a las calles de Gelati, en un tranquilo barrio de la Ciudad de México llamado San Miguel Chapultepec, frontero al Bosque y al Castillo del mismo nombre. Las primeras escaramuzas con la nueva casa, fueron una pequeña inundación y la cara de espanto de Silvina, la asistente doméstica, al amanecer una mañana con la certidumbre de que la habían visitado unos fantasmas. Según Silvina, la puerta de la habitación donde dormía, entre cajas de ropa y libros por desempacar, había cedido el paso en la noche a una ráfaga fría de aire cuya única explicación era que la desplazaba un cortejo de fantasmas. La luz de la luna había rebotado en el vano, subrayando con su palidez inesperada el momento, y Silvina había pasado el resto de la noche despierta, rezando y conteniendo el llanto tras el pavor de sus ojos saltados.

Fue la única visita de ultratumba que Silvina recibió en la casa de Gelati, porque al día siguiente decidió irse. Su paso dejó entre mis hijos un dominio pleno sobre la mayor colección de obscenidades que hayan registrado bocas infantiles y en mí el incómodo sentimiento de que acaso había dicho la verdad y los seres de otro mundo circulaban por la casa, con su ectoplasma al hombro, dispuestos a escoger a alguien una noche para deslizarle, en un susurro, su mensaje sencillo y espeluznante: "Estoy aquí".

Lo cierto es que Silvina decidió irse y yo olvidar sus razones. Una noche, al meter el auto en la cochera, que daba a un tramo oscuro de la calle de Gelati, me saludó por mi nombre, afable pero sorpresivamente, una mujer alta y delgada que se identificó como Laura Reséndiz, hija del gran historiador Laureano Reséndiz, ella misma historiadora del Instituto de Antropología, donde trabajamos juntos felices y aleccionadores años. Me preguntó si nos iba bien en el nuevo barrio y le dije que muy bien, pero que, la verdad, estaba temblando porque me había sacudido, en medio de la oscuridad, con su saludo inesperado. Agregué que ella venía resultando el segundo fantasma aparecido durante mi breve estancia en la San Miguel Chapultepec. Me miró angélicamente, con su cara recta y fina, como iluminada por el hallazgo de un alma gemela, y me dijo:

-Si ya tuviste tu primer fantasma en la San Miguel Chapultepec, tienes que conocer a mi mamá para que te cuente del suyo. Se refiere directamente a tu calle.

-¿La calle de Gelati?

-Sí. Esta es zona de muchos fantasmas. No creas que eres la excepción.

Atestiguó mi horror desde la nobleza de sus facciones rectas y siguió, sin darme pausas, con su fulgor apacible:

-Es zona de fantasmas por razones históricas. En estos rumbos fue la famosa batalla de Molino del Rey, contra el ejército norteamericano, en 1847, y hubo muchos muertos sin enterrar, muchas fosas comunes, así que hay muchos huesos que siguen buscando reposo cristiano. El coronel Gregorio Gelati murió en esa batalla. Si te interesa la historia, ven a visitarnos un día, y mi mamá te la cuenta completa. Nuestra casa ya la conoces, está en la privada que sigue, el portón del fondo. Pasa cuando quieras, en la tarde siempre estamos ahí. Y bienvenido a San Miguel Chapultepec.

No alcancé, en mi desconcierto, a balbucir las cortesías vecinales del caso. Cuando volví en mí, ya Laura era una silueta que se perdía rauda y esbelta entre las sombras, como si en efecto hubiera sido mi segundo fantasma.

-Mi nueva casa reposa sobre un cementerio anónimo -les dije a unos amigos esa noche, con encono y desánimo patriótico-. Me mudé al corazón de una asamblea de fantasmas.

Les conté entonces mi encuentro con Laura Reséndiz y el triste caso de la batalla de Molino del Rey, que abrió a las tropas de Winfield Scott el camino hacia el Castillo de Chapultepec y la ocupación de la Ciudad de México. La serena sonrisa de Laura Reséndiz acompañó mis desvelos fantasmales de esa noche. Amanecí recordándome, para evitarme ensueños de más, que entre Laura y yo había una relación de orden fraterno, impropicia a la aventura. Su padre, Laureano Reséndiz, había sido mi maestro. Conservaba de él una memoria a la vez luminosa y melancólica. Había sido el gran historiador polémico de su generación, un espíritu iconoclasta empeñado en revisar los pedestales de los héroes y las mentiras piadosas de la historia patria. Había sido un refrescante ensayista, autor de interminables andanadas contra las celebraciones al uso de las esencias y las grandezas históricas de México. Como maestro, era una leyenda viva y una fiesta de humor, precisión y elocuencia. Pero no había escrito su gran libro y, al acercarse a la sesentena, lo atormentaba la conciencia de su edad, que virtió con humor en su propio aforismo: "La historia es oficio de viejos, no de ancianos".

Los últimos años de su vida los había dedicado a la exhaustiva averiguación de lo que el creía lo decisivo de la historia del país. No sus momentos consagrados -la Independencia postnapoleónica, la Reforma del siglo XIX o la revolución de 1910-, sino la sedimentación lenta de creencias, hábitos, costumbres e identidades, que fueron el piso común de lo que llegó a ser, con el tiempo, la nación mexicana. Reséndiz situaba el inicio de ese fenómeno en las postrimerías del siglo XVI y avanzaba rastreando sus huellas fundadoras y sus procesos formativos hasta bien entrado el siglo XX. Había dado por terminada la investigación y se disponía a escribirla, cuando lo sorprendió el cáncer de páncreas que lo demolió en mes y medio. Desde entonces, cada vez que posponía algún proyecto intelectual o difería la escritura de un ensayo para un indefinido "mañana", la memoria de Laureano Reséndiz venía hasta mí para decirme en el oído: "No hay mañana. Mañana es hoy. Cuando dices mañana, quizá estes diciendo nunca".

En varias ocasiones, como extensión de lo que Alfonso Reyes hubiera llamado el "inmediato magisterio de su presencia", sus alumnos habíamos estado en la casa de Laureano Reséndiz a tomar café y oporto, y su hija Laura se unía a las tertulias con discreción elegante y acogedora. Recordaba la biblioteca de Reséndiz, porque ahí nos reuníamos, y en particular su pared de primeras ediciones de obras de historia mexicana del siglo XIX. Pero había perdido en mi cabeza la ubicación exacta de su casa, que ahora Laura restituía, efectivamente al fondo de una calle ciega, sustraída a la cuadrícula de su entorno urbano por un aire conservado de finca de campo que un altísimo cedro, rezumante de pájaros, confirmaba.

A la mañana siguiente, de paso al Bosque de Chapultepec para mi caminata matutina, me asomé a la privada y reconocí el portón de pesados aldabones, los muros con bugambilias y la vereda de tierra que recordaba. Por la tarde, eché mano de un libro de ensayos recién publicado, que incluía la glosa de un aforismo de Laureano Reséndiz, y regresé al portón por entre las hortensias que escoltaban la vereda. La propia Laura abrió, con los espejuelos de arillo redondo sobre el puente alto de su nariz, y los ojos verdes que yo había olvidado, risueños y hospitalarios en la cordial inteligencia de sus brillos.

-¿Volvieron tus fantasmas?- preguntó, antes de cederme diligentemente el paso.

-No recordaba que la casa quedara aquí -le dije-. Aunque vinimos tantas veces, sólo recordaba la biblioteca y la privada. Con relación al lugar, estaba norteado.

-Pues resultamos vecinos -dijo Laura-. Yo vivo aquí con mi marido y mi mamá. Desde antes de que muriera papá, la casa era demasiado grande para ellos. Ahora nos queda bien a todos.

-¿Tienes hijos? -pregunte.

-No, no -evadió Laura, con una sonrisa que quiso alejar ese tema de conversación, como quien aleja un mal recuerdo.

Todavía incómoda por el traspié, cerró el portón y caminó delante de mí hacia la casa. Como muchas otras de la zona, la de Laureano Reséndiz tenía un frente engañoso, estrecho, que abría a una vasta propiedad con un jardín selvático en el que convivían fresnos viejos y robustas araucarias, piracantos y platanillos, bugambilias y madreselvas. El terreno era irregular, más ancho al fondo que al frente. La casa estaba construida a la izquierda, según la vieja traza en C de las construcciones de provincia, unidas por un pasillo exterior en tomo a un huerto donde hacía gorgoritos una fuente de piedra. Al fondo, en el flanco opuesto del terreno, estaba la biblioteca, a la que era posible llegar sin entrar a la casa, siguiendo un sendero de arcilla. Cuando Laura me condujo a la casa, recordé que no había estado nunca en ella, que siempre había seguido por el sendero a la biblioteca y que no había tenido nunca ocasión de saludar o cruzarme con doña Viviana León, entonces esposa y hoy viuda de Laureano Reséndiz, aunque recordaba haberla visto en una conferencia, erguida e impasible en la primera fila, mirando sin parpadear a su marido con la absoluta certidumbre de que todos los demás la miraban a ella.

Había sido una belleza legendaria y controvertida, que casó muy joven con un anciano capitán de industrias y al enviudar, antes de cumplir veinticinco, dedicó su fortuna a ejercer la libertad juvenil que su matrimonio prematuro había segado, y su cabeza a escandalizar a su clase con campañas pioneras en favor de la igualdad de la mujer, el control demográfico y la educación sexual. Según su propio relato, una mar ana, al entrar a la Biblioteca Nacional había visto, sentado en un extremo, absorbido en un tomo infinito de heráldica novohispana, a un hombre de huesos largos y mirada como un relámpago de acero. Había sabido: "Con él". Y a él, Laureano Reséndiz, dedicó los siguientes cuarenta años de su vida.

Laura me hizo pasar a una sala de sillones de altos respaldos y taburetes de cuero, en cuya pared mayor imperaban, equidistantes y soberanos, los retratos de Viviana y Laureano en el medio siglo de su edad.

-Te sirvo un oporto y voy por doña Viviana -dijo Laura Reséndiz, y siguió hablando mientras lo servía-: El sillón de brocado color vino y pistache que ves ahí, estaba en la antesala de Maximiliano, hace ciento veinte años, en el Castillo de Chapultepec. Siéntate en él a ver si te dice algo. La lamparita verde que está en la esquina, la de los flecos, era de su secretario.

-Veo que se han apropiado bienes invaluables de la nación -jugué, pasando la mano espírita por el brocado de un siglo y los ojos envidiosos por la hermosa lámpara que alguna vez había alumbrado los memoriales de la gloria y la debacle de un imperio.

-Los vendieron como chatarra en una limpieza de las bodegas del Castillo de Chapultepec -dijo Laura, que volvía ya con el oporto-. Si insistimos, nos los hubieran regalado. Bueno, ahora vuelvo con doña Viviana.

Miré, mientras esperaba, el óleo de doña Viviana León en la pared. Admiré el limpio trapecio del pecho y el vestido entallando sin estorbos sobre el torso juvenil de sus cincuenta años. Su brazo izquierdo, delgado y aristocrático reposaba sobre una chimenea y daba a la posición de su cabeza un toque alado; su brazo derecho apuntaba en un escorzo de coquetería hacia su frente para guiar la posición de abandono del rostro, que miraba en tres cuartos, con una mezcla indefinible de complicidad y soberbia. El óvalo de su cara era largo, la frente amplia, la nariz recta y las cuencas de los ojos muy profundas sobre los pómulos.

Me absorbí, supongo, en esa contemplación, porque volví a brincar como sacudido por los fantasmas cuando la limpia voz de Laura Reséndiz dijo, a mis espaldas:

-Aquí estamos ya.

A la altura del vientre de Laura, puesta como en un nicho dentro de una silla de ruedas, me miraba, sonriendo, el mismo rostro largo y esbelto del óleo, pero resuelto ahora en una piel que era sólo una laminilla dorada de arrugas, en el marco de una robusta cofia de cabello gris, cuya abundancia juvenil era tan sorprendente como la perfecta disciplina conque cada pelo ocupaba su lugar.

-Bienvenido -dijo doña Viviana León, con una voz que alegró de inmediato su rostro, llenándolo de gracia y simpatía-. O quizá debo decir: "Bienvenido, otra vez", porque me dice Laura que era usted de los antiguos habitués de mi marido.

-Así es -dije yo.

-Todos fuimos habitués de mi marido en algún momento -dijo doña Viviana con una cortinilla maliciosa entre el fino rimel de sus ojos, bien sombreados de un azul discreto-. No había más que conocerlo para habituarse a él, como si lo conociera uno de toda la vida. Mi marido tenía lo que en mis tiempos se llamaba "don de gentes", y hoy hay que llamarle charm, porque ya nadie entiende ni quiere hablar español. Veo que ya se tomó su oporto -me dijo, cazando en efecto mi copa vacía sobre la mesa, con una mordida de los ojos-. ¿Quiere otro? Diga que sí, para que yo tenga pretexto de pedir también. Pónme ahí en mi lugar y traéme una copita de oporto -le dijo a Laura, mirándola hacia arriba con sus ojos coquetos y admonitorios, como queriendo apagar sus protestas y recordarle quién mandaba.

Laura la corrió hasta el lugar que había entre dos sillones individuales, en la pared donde colgaban los retratos, y fue luego al arcón para traer la botella.

-Uno nada más -le dijo a doña Viviana, suviéndole un dedal de oporto.

-Me cuida como si a mi edad pudiera volverme alcohólica -dijo doña Viviana, demorándose en la observación del líquido bermellón, como si lo probara con la vista-. Hace unos días me caí y tenía un dolor muy fuerte en la rodilla Le dije al médico que me diera morfina y me contestó "La morfina crea adicción". "Por poco tiempo", le dije yo. Y él me dijo "No. Crea adicción duradera". "En mi caso, incluso lo más duradero será por poco tiempo, doctor". Hasta entonces me entendió, pero igual no me dio la morfina. Hay un lado ciego en los médicos. Ven tanto dolor que acaban pasándole por encima.
-Lo que vieron en su casa, fue un fantasma -dijo Laura, señalándome para información de doña Viviana-. Se mudaron a la calle de Gelati y tuvieron un fantasma el primer día.

-¿El primer día? -preguntó doña Viviana. Y con súbita seriedad, mirándome fijamente, quiso saber: -¿Cómo era?

-Se le apareció a la muchacha que cuidaba a mis hijos -dije yo, desarregladamente-. Es decir, la muchacha dijo que se le apareció.

-¿Cómo era? -insistió doña Viviana.

-No fue de ningún modo -dije yo-. La muchacha se asustó porque se abrió una puerta con el viento, y ella creyó que eran fantasmas.

-¿No vio nada? -preguntó doña Viviana.

-No -dije yo.

-Menos mal -respiró doña Viviana-. Los fantasmas en general se le aparecen primero a la servidumbre. Yo eso lo sé muy bien. Pero si no los vio, no es cosa seria. Aquí nos hicimos expertos en fantasmas, en esta casa.

-Me contó Laura -le dije.

-Laura lo sigue tomando a juego, pero no fue un juego -la riñó amorosamente doña Viviana-. Cada vez que alguien habla de fantasmas aquí en el barrio, ella viene y me lo cuenta como jugando, pero a mí se me paran los pelos. Fíjese, cuando mi marido y yo nos mudamos a esta casa, San Miguel Chapultepec era una zona campestre. Llegaba un tranvía y había luz eléctrica, pero la mayor parte de las calles no estaban pavimentadas, eran senderos de pasto y tierra. Las casas no tenían bardas ni estaban unas junto a otras, sino que nos separaban unas cercas de palo y había muchos predios sin ocupar llenos de yerba y árboles, como un bosque. Esta casa era una especie de quinta que nosotros adaptamos. Teníamos el doble de terreno, pero luego vendimos la mitad. Donde está ahora la biblioteca y más atrás, teníamos un establo con vacas de verdad, que se ordeñaban para el desayuno. Y una población de gallinas que cacareaban todos los días su huevo real. Ya nadie toma de esa leche bronca ni come de esos huevos cimarrones. Nos darían diarrea esas cosas naturales, sin conservadores y las demás porquerías que les ponen y les quitan a los alimentos ahora. Un día viene la muchacha, Dorotea se llamaba, la había traído yo de San Martín Texmelucan, encargada por su familia a que se educara, me sirviera y se casara, tres cosas que hizo, y muy bien hechas, mientras estuvo conmigo. Bueno, viene Dorotea algo asustada y me dice que en el amanecer, todavía de noche, mientras empezaba a disponer la cocina para el día, vio pasar un señor bajo, vestido muy raro, enojado y como empolvado, hacia el establo. No le hice mucho caso, pero mandé a Juan el mozo que viera si había alguien por el establo. Regresó diciendo que no había nada, y mandé a Dorotea que fuera con él a ver para que se cerciorara por ella misma. No bien pasó un mes, y me encuentro a Dorotea llorando en la cocina, desencajada, a las ocho de la mañana, diciendo que tenía tres horas que el fulano se le había aparecido de nuevo, pero sólo que esta vez la había mirado. "Me miró, doña Viviana, con sus ojos de capulín. Eran todos negros, señora, no tenían blanco, como tenemos los cristianos". Ya me pareció que había algo raro, que alguien andaba jugándole malas pasadas a Dorotea o que Dorotea se me estaba empezando a desquiciar. Por una cosa u otra, decidí que por lo pronto durmiera dentro de la casa y no en su casita por allá por el establo. Y le pedí a Juan el mozo que estuviera todos los días tempranito con ella en la cocina, para que no pasara sola esa hora de antecito del amanecer que era la de su aparecido. Así fue, y pasó un buen tiempo sin percance. Hasta que un día al levantarme, me encuentro un nuevo alboroto en la cocina. Otra vez había cruzado el hombre, pero ahora el que lo había visto era Juan el mozo, un muchacho sano, bueno para todas las cosas del hombre como se decía antes, lo más lejano de un pusilánime que anduviera viendo o inventando fantasmas. "Lo vide igual que Dorotea", me dijo Juan. "El hombre era bajo y traía un traje polvoso y un vendaje en la mollera. Pasó de largo y lo atisbé por la espalda. Se llegó al establo y escarbó junto al abrevadero. Luego junto a la tranca de las vacas, como si buscara algo. Y El Canelo no ladró", me dijo Juan, refiriéndose al perro de campo que cuidaba la casa y cuya especialidad verdadera era ladrar. Por todo ladraba, menos por ese intruso. El silencio de El Canelo me dio qué pensar. Decidí conversarlo con Laureano, mi marido, que ni por aquí le pasaban los enredos domésticos que pudiera haber. El vivía en su propio mundo de libros viejos, razones, teorías y palabras.

Naturalmente le dio risa, porque era un descreído que no lo puede usted creer. "¿Por qué no se te aparece a ti, que eres la dueña de la casa?", me preguntó como único argumento. Pensé que tenía razón, pero le dije lo que a usted: que los fantasmas siempre han tenido proclividad a aparecérsele a la servidumbre. "La cual suele ir de la mano con la ignorancia", me dijo mi marido, con quien era más bien difícil discutir.

-Era un genio, mamá. No lo critiques -intervino Laura, risueña y coadjutora desde su propio sillón.

-Eso digo -devolvió con entusiasmo doña Viviana-. Era difícil discutir con él, porque llegaba muy rápido a lo esencial, y no se podía seguir adelante. Le dije: "Laureano, a lo mejor esta gente, en su sencillez, está más cerca de Dios y de sus espíritus que nosotros los propietarios, y por eso ellos ven lo que nosotros no". "Si Dios existe, lo único que no puede hacer es excepciones", me contestó Laureano. Y se acabó la discusión. Haga de cuenta que también se acabó el problema, porque el señor empolvado de la venda no volvió a aparecérsele a nadie. Un día, sin embargo, se le metió a mi marido la idea de construir en lugar del establo una biblioteca, porque ya no cabía con sus libros en la casa. Así era. Había libros en el baño y en los roperos, al pie de las camas y sobre los sillones de la sala. Era una epidemia de libros, porque Laureano no podía resistirse a ellos. Entraban y entraban libros, y no salía ninguno. Los libros eran su pasión, su manía. Acabó pareciendo él mismo un libro. Qué digo un libro: un papiro egipcio. Ay, mi pobre marido -suspiró doña Viviana-. Tan flaco, tan sabio y tan agnóstico el pobre.

-Guapísimo, mamá -dijo Laura-. Mi papá era guapísimo, no digas.

-Dímelo a mí que lo aferré en la época en que lo andaba persiguiendo medio México -dijo doña Viviana León-. Hasta una señora gringa vino a querérselo llevar. Una bibliotecaria texana que luego nunca se casó la pobre, desengañada, pienso yo, de que mi Laureano no emigró de este nido. Ahora, mire usted: bien puesto este nido sí estaba. Habré leído pocos libros en mi vida, pero sé muy bien cómo me caen los vestidos y por dónde les ajusta el corazón a los hombres. ¿Sabe usted por dónde?
-No -sonreí-. ¿Por dónde?

-Por la comodidad y el chiqueo -sentenció doña Viviana con risueño desdén-. En el fondo todos son unos niños, y hay que saber no negarles nada sin cederles un ápice, si me entiende usted.

-Horrorizaría usted a las feministas -le dije.

-El feminismo es una forma de pensar demasiado en los hombres -contestó doña Viviana-. O será que ya estoy vieja y no entiendo nada. El caso es que hicimos presupuestos y empezamos a construir la biblioteca de mi marido que usted conoce. Yo, para librarme de los libros de Laureano y él para librarse de mis campañas de orden, que tropezaban por todos los rincones de la casa con sus libros. Bueno, pues un día, mientras escarbaban para los cimientos, viene el maestro de obras, un tanto desencajado, y me pide que venga a ver una cosa a la obra. Echamos a caminar, él en silencio y con la cabeza gacha, como avergonzado. Y cuando llegamos me encuentro a sus albañiles en torno a una zanja mirando también como si hubieran pecado. Bueno, no era para menos. Me asomo a la zanja y qué me encuentro: nada menos que un sudario con unos huesos, de una calavera y una patita completa, perfectamente conservada con todos sus huesitos, del carcañal a los dedos. "Qué puntería", les dije a los muchachos. "Si se iban a encontrar con un entierro, mejor hubiera sido el de un tesoro. Qué poca imaginación". No les hizo gracia, pero yo tampoco sabía que decir. Ya no quisieron seguir trabajando. Se santiguaron uno por uno frente al despojo y fueron desfilando por la puerta. Llamé a Juan el mozo y entre los dos metimos el sudario en un saco de yute, haciendo los dos como que recogíamos tepalcates prehispánicos. "Pónlos por allá", le dije. "¿Por dónde?", me dijo Juan el mozo. "Al final del terreno", le dije, "por donde nunca pasamos". "Con su perdón", me dijo Juan el mozo. "Estos son restos de hombre y merecen cristiana sepultura". Entendí que tenía razón y le dije: "Déjalos a buen recaudo en el depósito de carbón, que al cabo está vacío. Ahora mismo voy por el señor cura que nos diga qué hacer. Pero no le digas nada a Dorotea, ni al señor Laureano. Esto queda entre tú y yo". Así hicimos. Me fui volando a la parroquia de al lado, porque igual que en los pueblos, aquí apenas teníamos servicios pero había una parroquia con iglesia de tres cúpulas y altar recamado en oro. Yo no he sido nunca creyente fanática, pero creyente sí y también amiga de los curas, que me resultaban los únicos varones tratables, porque eran los únicos varones con los que no mediaba ni sombra de pecado venial, si me entiende usted. Los hombres están siempre viendo, buscándole el lado a una. Los curas no, o al menos yo no les daba ese status y no reparaba en sus picardías. Me resultaban muy cómodos, así que siempre hice buenas migas con ellos y participé en las cosas de la caridad, los dispensarios, etc. Por excepción, sin embargo, con el cura de la parroquia de Tacubaya me llevaba mal, porque era un viejito algo cascarrabias, que me quería ver en la iglesia todo el tiempo. Sobre todo, quería que llevara a mi marido. El ateísmo de mi marido, según él, era mi tarea evangélica. Es decir, que mi obligación cristiana era quitarle lo ateo a mi marido. Hágame usted el favor. De cualquier modo fui y le conté el problema.

Lógicamente, me salió con su domingo siete. Me dijo que no podía santificar como humano un entierro de huesos que no se sabía de quién eran. Además, las inhumaciones clandestinas eran contra la ley y podía traerle problemas. Había que denunciar a las autoridades la aparición de los huesos, me dijo, y que vieran ellas qué hacer. Pensé que tenía razón, pero al mismo tiempo la idea de tener al ministerio público en mi casa averiguando y preguntando, me resultó intolerable. Así que le sugerí algo que sabía que le iba a gustar, porque, en general, a los curas les encanta burlar a la autoridad civil sin arriesgar nada. Le dije que yo enterraría el sudario en un lugar de mi jardín y que él viniera a la casa con el pretexto de bendecir la obra de la biblioteca que habíamos empezado. Luego de bendecir la biblioteca, de pasada, le daría con el hisopo la bendición a los huesos para ayudar a su reposo eterno. Eso le encantó, y así lo hicimos. Juan el mozo y yo enterramos el saco de yute en un extremo de la finca, buenos dos metros abajo, y le plantamos encima una azalea. Cuando vino el párroco con sus ropas de gala para la bendición, mi marido desde luego no estaba. Porque todo esto era a espaldas de mi marido. Si se llega a enterar, me mata. El párroco bendijo la obra y nos echó con el hisopo a nosotros también, a Juan, a Dorotea, a mí y hasta a El Canelo. Según terminó de bendecir la obra, me lo fui llevando hacia el extremo de la finca, donde se veía la tierra recién movida y el renuevo de la azalea. "Ahí es" le murmuré en el oído. Gruñó en señal de que me había entendido, y se fue acercando, con desgana, hasta que ya como a unos tres metros, de lejecitos y mirando a otra parte, le echó también con el hisopo al rincón. Lo tomé del brazo, lo acerqué otro poco y cuando estábamos enfrente, le pedí que volviera a echarle con el hisopo. Accedió refunfuñando. "Ahora dígale que descanse en paz", le pedí, y él masculló, no muy a gusto: "Descanse en paz". A continuación de lo cual, empecé a entonar un padre nuestro que todos secundaron y él no tuvo más remedio que repetir también con nosotros.

-Ay, mamá. Dejarías de hacer tu voluntad alguna vez en tu vida -dijo Laura.

-El que iba a lidiar con el fantasma era yo, no el señor párroco -dijo doña Viviana-. Quería que lo aquietara lo más posible. Y así fue. Terminaron la biblioteca, la casa quedó limpia de la epidemia de libros, y la azalea creció junto a la cerca marcando claramente el lugar. Pasó el tiempo y un día llegó Laureano mi marido como iluminado, con un libro enorme de litografías y crónicas. "Mira", me dijo, "Aquí está todo", y me fue mostrando los grabados del libro. Era una memoria de la campaña militar en Tacubaya y Chapultepec contra las tropas norteamericanas. "Aquí estamos nosotros", dijo, señalando unas irregularidades del terreno en el croquis de la batalla de Molino del Rey, en 1847. "Ahí estaba la primera línea de las defensas mexicanas, aquí mismo, junto a la biblioteca. Y cuando digo mexicanos", me explicó mi marido, "me refiero a que probablemente la de estos combatientes y estas batallas fue la primera generación que supo en carne propia que era mexicana, que estaba dispuesta a matar y morir por el país que hoy llamamos México. ¿No te emociona?". Le dije que sí, como le decía siempre, porque nunca le dije un "No" a Laureano mi marido. Desde la primera vez que puso en mí sus ojos, le dije "Sí". Y se lo seguí diciendo de corazón toda la vida. "¿Quieres decir", le pregunté, "que aquí donde vivimos hubo una batalla el siglo pasado?". "Exactamente", me dijo Laureano, él sí muy emocionado. "La famosa batalla de Molino del Rey". Me quedé un poco exhausta y sin habla, debo reconocer, pero alcancé a preguntarle: "¿Y hubo muchos muertos en esa batalla?". "Bastantes", dijo él. "¿Cómo cuántos?", quise saber. "Quizá unos trescientos", dijo mi marido, sin levantar la vista de sus croquis y mapas. "¿Y dónde los enterraron?", seguí preguntando. "A los oficiales mexicanos muertos, los llevaron al panteón de Santa Paula", respondió mi marido, que sabía cualquier cantidad de detalles históricos de ese tipo. "¿Y a los no oficiales?", pregunté. "Fosas comunes. Los recogieron sus deudos o los enterraron sus propios compañeros como se pudo y donde cayó", me dijo Laureano mi marido. "¿Quieres decir que todos esos cuerpos quedaron regados en distintas fosas por aquí?", pregunté. "Por estos llanos, si", respondió mi marido. "Mira, éste es el plano de la defensa del Castillo de Chapultepec. ¿No es una maravilla?". Volví a decirle que sí, como siempre, pero la idea de haber levantado mi casa sobre un cementerio improvisado, aunque fuera del siglo anterior, ya no me dejó desocupada la cabeza. Desarrollé lo que se llama una obsesión, siempre con el sudario de la azalea metido en la cabeza, mientras la azalea se iba levantando y dando flores junto a la cerca, y sólo Juan el mozo y yo sabíamos. Los secretos son horribles, lo carcomen a uno. Eso me pasó a mí. Entre otras cosas, empecé a hacer lo que nunca: a buscar entre los libros de mi marido todo lo referente a la batalla de Molino del Rey. Empecé a revisar sus libros y a enterarme. En realidad, lo que trataba de hacer era ubicar exactamente nuestra casa sobre el terreno de la batalla y luego averiguar lo que había pasado exactamente en ese tramo. Una tarea imposible, porque nadie llegaba a ese detalle en las crónicas, y los partes de guerra menos aún. Un día, revisando un libro con litografías de uniformes militares de la época, se me prendió la cabeza y llamé a Juan el mozo. "¿Te acuerdas del señor que viste luego que Dorotea?", le pregunté. "Me he de acordar toda la vida", dijo Juan el mozo. "¿Te acuerdas que iba vendado de la mollera y tenía un traje polvoso?", le pregunté. "Sí", me dijo Juan el mozo. "¿Cómo era? ¿Puedes describirlo?", le pregunté. "Tenía abultado aquí en los hombros, y con una tira de cuero a lo largo del pecho", dijo Juan el mozo. "No podría recordar más". "Muy bien", le dije. "No hace falta que recuerdes. Quiero que mires estos grabados que voy a mostrarte y me digas si alguna de estas prendas se parece al traje que le viste a aquel hombre". Y le empecé a hojear el libro con las litografías de los uniformes de la guerra del 47. No avancé mucho. Apenas le di vuelta a la página, me dijo Juan el mozo: "Era como ése". Señaló con el dedo un traje de coronel, azul, con unas pequeñas charreteras y una tira de cuero que sostenía el espadín. La prenda cruzaba sobre el pecho, como un paletó, pero terminaba como una casaquilla a la cintura. Pasé entonces a otro volumen que incluía infinidad de grabados de personajes de la época y, en particular, de los oficiales que habían combatido en Tacubaya y Chapultepec durante la invasión norteamericana. Y le dije a Juan el mozo: "Quiero que te fijes bien en cada uno de estos rostros y me digas si alguno se parece al hombre que viste", y empecé a hojearle el libro. No reconoció a nadie, pero yo me topé ahí con la triste historia de Gregorio Gelati, en cuya calle vivimos y ya vivíamos entonces. En realidad, me topé primero con el grabado de su rostro joven, de patillas hasta la mandíbula, y en cuanto lo vi me dio un salto el corazón. ¿Sabe usted por qué?

-No -le dije-. ¿Por qué?

-Porque era idéntico a mi primer marido, sólo que más joven. Un criollo con todos los agravantes, los rizos oscuros sobre la frente, la nariz española, grande, accidentada. Y el fuego en los ojos, esa fiebre buscona e insaciable que yo conocí ya en sus rescoldos en mi primer marido, pero que lo había movido toda su vida a buscar más, más, siempre más. Me capturó el coronel Gelati, como si lo conociera, como si fuera parte de mi familia y lo hubiera perdido hace poco. Y su terrible historia. Tenía cuarenta y cinco años Gregorio Gelati cuando una bala de rifle le atravesó la sien derecha y le estalló la cabeza en la batalla de Molino del Rey. Para entonces, llevaba treinta años de vida militar. Se había enlistado en el ejército realista a los dieciséis en el Bajío, había hecho la independencia en 1821, había combatido en Tampico la invasión española de 1829, había hecho la campaña de Texas, con Santa Anna, en 1835 y 36, y había bajado guerreando desde el Norte contra la invasión norteamericana hasta que la muerte lo sorprendió en la batalla previa a la ocupación norteamericana de la Ciudad de México. Mientras lo veía en su grabado, mirando oscura y empecinadamente hacia el futuro, me preguntaba si la muerte no habría sido el menor de los males para él, a quien no le esperaba sino ver la derrota de su ejército y la ocupación de su país. Soñé esa noche al coronel Gelati, y muchas otras. Se convirtió en parte de mi obsesión por el cementerio sobre el que vivíamos.

-El cementerio de la patria -me entrometí yo-. La nación entera descansa sobre el panteón de sus héroes.

-Hay una idea siniestra en ese lado de la historia patria, ¿no crees? -me dijo Laura, paseándome una ráfaga cómplice con sus serenos ojos verdes.

-Es la esencia misma de la historia patria -pontifiqué-. Otros murieron para que nosotros podamos vivir. La savia de la patria es la sangre derramada de sus héroes.

-Pues eso es siniestro, ¿no crees? -dijo Laura.

-Tu papá decía que son atavismos de la tribu -recordé yo-. Dedicó varios ensayos a desmontar esas pulsiones. En particular, la idea de que hemos construido una nación sobre las tumbas de nuestros héroes.

-La nación, no sé -dijo doña Viviana-. Pero nuestra casa, desde luego. Es lo que a mí me obsesionaba. Aunque no lo podía conversar con mi marido, me despertaba en la noche pensando en el entierro bajo la azalea y diciéndome: "¿Cuántos más habrá?". Claro, luego luego volvía del tormento diciéndome: "Ocúpate del que sabes. Que ése es el único que hay, mientras no aparezca otro". Pero con ése era suficiente para mi insomnio. Fue una temporada terrible. Yo me sentía hundir, como en un remolino, en esa obsesión. Me dejaba libre unas horas del día, y de nuevo volvía a tomarme del cuello. Era un sentimiento tan desordenado y tan fuerte que no podía quedarse ahí. Tenía que tener su clímax. Y lo tuvo. Lo tuvo una madrugada en que, sacudida otra vez por esas emociones, me desperté a las cinco de la mañana y fui a la cocina por el único remedio que había encontrado contra el mal dormir. Eran unas infusiones combinadas de tila y valeriana, que si no me dormían al menos me tranquilizaban. Con la tranquilidad, poco a poco, venía después el sueño. Tomaba una taza de esa mezcla antes de acostarme y dejaba en el termo otro tanto. Pero como a veces despertaba dos veces en la noche, me terminaba también lo del termo, así que a la segunda despertada tenía que ir a la cocina por un nuevo brebaje. Fui esa noche, y esa noche pasó. Cuando bajaba los potes de las hierbas de la alacena, volteé sin pensar para el patio, por la ventana, y lo vi cruzar. Lo vi a lo lejos, pero como si estuviera frente a mí. Lo vi perfectamente, en la sombra, pero como si estuviera iluminado.

-¿A quién vio usted? -pregunté yo, para fijar exactamente de qué estábamos hablando.

-Al hombre -me contestó doña Viviana-. Al aparecido.

-¿El mismo que habían visto Juan y Dorotea?- insistí.

-El mismo -dijo doña Viviana-. Con una venda sucia en la cabeza y el uniforme lleno de tierra. Tenía una charretera desprendida y un brazo de la casaquilla separado de la hombrera. Iba caminando a grandes pasos haciendo aspavientos, refunfuñando, maldiciendo de su suerte. De pronto se detuvo y regresó hacia donde yo estaba. Entonces lo vi, lo vi claramente, aunque estaba en la penumbra. Vi su rostro. Y, en medio de las manchas de pólvora y la suciedad del vendaje, reconocí al coronel Gregorio Gelati. No tuve miedo, sino una rara simpatía de verlo tan sucio y tan desarreglado. Me llenó uno de esos impulsos que tenemos las mujeres de arreglar a los hombres y pasarlos impecables por la mirada de otras mujeres, como si fueran nuestros perros, si me entiende usted. Con la marca de propiedad en el atuendo. Ese fue mi impulso primero. Pero entonces, en su camino de regreso, en medio de sus gestos rabiosos, el coronel me miró. Es decir, miró hacia donde yo estaba, con el pote de valeriana detenido todavía a mitad de camino, el brazo levantado, paralizada por la aparición. Entonces sí se me heló la sangre. Porque vi, como había visto Dorotea, vacías las cuencas de sus ojos, pero al mismo tiempo llenas por ese fuego oscuro que había visto en sus ojos en el grabado, y que había visto siempre en el fondo de los ojos cansados de mi primer marido, que Dios guarde en su activa gloria. Se me fue el alma del cuerpo. Mientras el coronel daba vuelta de nuevo y caminaba hacia el final del jardín, me volví como pude a mi cuarto, deteniéndome de las paredes, sintiendo mi corazón salirse por mi boca y mi vientre ahuecarse como si se me hubiera pegado al espinazo y estuviera encogido ahí igual que un odre desinflado. Me acosté en la cama boca arriba, respirando trabajosamente. Pero no pude sostenerme ahí. Entonces abrí otra vez las sábanas y me metí abajo de mi marido, pidiéndole entre ahogos que despertara y me cubriera con sus brazos. Despertó y me consoló con sólo dejarme estar entre su pecho. Me consoló tanto, que no supe en qué momento me dormí. El sobresalto que me despertó fue un estallido silencioso, me encontró todavía metida como kangura en el falsopeto de mi marido. "¿Sigue la pesadilla?", escuché a mi marido, que me velaba el sueño sin moverse, a mi lado. "No fue una pesadilla", le dije. "Lo vi de verdad". "¿A quién?", preguntó, sorprendido, Laureano. "Al coronel, al aparecido", le dije. "¿Cuál coronel? ¿De qué aparecido hablas?", me dijo mi marido. "Tuviste una pesadilla y despertaste a media noche gritando que te abrazara". "No", le dije. "Venía de la cocina cuando te desperté". "Tú no te has movido de esta cama", me dijo mi marido. "Yo acababa de dormirme cuando me despertaste, y tenía el sueño intranquilo. Te hubiera escuchado levantarte, como siempre". Era verdad que siempre me escuchaba al levantarme, tenía el sueño ligero como los venados. Su cabeza estaba siempre en actitud de alerta. La verdad, me metió la duda de si había soñado o había visto al coronel Gelati. Porque lo había soñado otras veces, pero no así. Total, me volví a refugiar en él y ahí estuve hasta que el ánimo me volvió al cuerpo y decidí levantarme. Sin embargo, no bien llegué a la cocina para disponer el día, volvió el remolino. "Tengo que hacer algo con ese entierro, o me voy a volver loca", me dije, y con la misma llamé a Juan el mozo que me acompañara. Nos fuimos al fondo del jardín a inspeccionar la azalea. Cuando llegamos vi a El Canelo echado al lado de la azalea y una zanja cavada bajo su cuerpo. Fue un horror. "Algo habrá olido El Canelo, que empezó a escarbar donde el difunto", me dijo Juan el mozo. Estuve a punto de confesarle mi aparición de la noche anterior, pero me contuve. Porque una distancia hay que mantener siempre con la servidumbre, por su bien y por el bien nuestro. "¿Había rascado antes?", le pregunté a Juan el mozo. "No que yo haya visto", me dijo Juan. "Pero así son los animales. De pronto algo les avisa y van a buscar donde antes no. Este ya olió al difunto bajo tierra". "No digas eso", le ordené. "No repitas eso. Aquí no hay ningún difunto". Pasé un día terrible, cruzada de sofocos y desesperos. Por la noche, no pude más y le conté todo a Laureano, mi marido, empezando por el principio y terminando por los escarbados de El Canelo, que me confirmaban la aparición y me estaban volviendo loca. Me escuchó con toda paciencia y toda incredulidad. Al final me tomó de la cabeza y me dijo mirándome a los ojos: "Si te demuestro que Gregorio Gelati está enterrado en otra parte, ¿me prometes olvidarte de estas historias de aparecidos?". Porque a él lo ofendía sobre todo la idea de que su mujer, o sea yo, anduviera creyendo en esas historias de gente ignorante y supersticiosa. Le parecía bien para el vulgo, pero entre nosotros, era una ofensa. Le dije que sí, que con su demostración me bastaría, aunque en el fondo de mí yo sabía que era más grave que eso, no un asunto de pruebas y razones, sino de espantos y aparecidos. Me dormí otra vez pegada a él. Al día siguiente, me levantó temprano, me hizo echarme un chal encima y salimos a caminar bajo su guía. "No vamos muy lejos. Es un buen paseo", me dijo. Caminamos hacia el Bosque de Chapultepec y subimos por un costado de la casa presidencial de Los Pinos, hacia la parte de bosque que estaba enfrente. Como a medio kilómetro de ahí, en un llano mal cuidado, había un monumento muy viejo, con las rejas oxidadas y una cúpula con una doncella de atuendos griegos reclinada sobre una urna. "Es el monumento a los caídos en la batalla de Molino del Rey", me dijo mi marido. "Fue levantado en 1856, por el gobierno de Ignacio Comonfort. Aquí lo dice, mira". Me mostró la leyenda. Me la aprendí de un vistazo, y no la he olvidado. Decía: "A la memoria de los ilustres y esforzados mexicanos que, combatiendo en defensa de su Patria, le hicieron el sacrificio de sus vidas, en este mismo lugar, el día 8 de septiembre de 1847". "Ahora", me dijo mi marido, "quiero que leas aquí", y me fue llevando por las inscripciones de cada uno de los cuatro lados del monumento, donde se registraban los nombres de los héroes que habían enterrado en el monumento. En la lápida poniente decía arriba, con letras muy grandes: ANTONIO LEON y en el segundo lugar, con letras menos grandes: Gregorio Gelati. "Tu coronel y aparecido reposa aquí, desde el año de 1856, en que fue erigido el monumento", me dijo mi marido. Me eché a llorar de alegría y gratitud viendo esa lápida que me absolvía del espanto de mi casa, y luego me empecé a reir con unas ganas que no he vuelto a tener. Si el matrimonio hubiera desgastado alguna vez mi amor por Laureano Reséndiz, esa mañana me hubiera reenamorado completa de él. Lo cierto es que ese paseo lo cambió todo, disipó completamente mi obsesión con el aparecido. Tanto, pienso ahora, que tuvo algo de artificial, como esas mejorías súbitas de enfermos graves que nadie se explica pero al final son flor de un día y precipitan el desenlace. No hubo mucho tiempo para pensar en eso, porque, justamente en medio de una de nuestras mejores épocas, cuando Laureano había encontrado al fin la forma de quitarse actividades y encerrarse a escribir el libro que había soñado veinticinco años, lo sorprendió el cáncer, como un rayo. Nos sorprendió a todos. Antes de que pudiéramos pensarlo, ya estaba en el hospital. Y antes de que pudiéramos acostumbrarnos a su nueva flacura, ya era una calavera, un guiñapo, consumido y seco. Pero al mismo tiempo húmedo y lento, como viscoso. No sé cómo explicarlo. Vi con horror cómo esa cosa lo drenaba a paletadas, día con día. Se llevó a puñados su cabello, su color, su peso, la forma de su pecho, la belleza de sus huesos. Todo como a manotazos, arrebatándolo por dentro, podándole la vida. Laura tenía ya quince años.

-Dieciséis -precisó Laura.

-Recuerdo que su padre le decía en el hospital dónde tenía cada cosa -siguió doña Viviana-. Lo que iba en cada capítulo del libro que iba a escribir. Había leído todo, mi marido. Tenía un fichero con más de veinte mil tarjetas. Ahora son fuente de consulta para un montón de investigadores que vienen, sobre todo de Estados Unidos. Pero entonces eran todavía un libro que sólo estaba en su cabeza y quería que su hija supiera exactamente de qué iba a tratarse ese libro, como si estuviera pensando que ella lo hiciera por él. Pero ésta era una muchacha y apenas prestaba atención a lo que su papá decía del libro. El horror de verlo consumirse ocupaba toda su atención.

-Tengo los apuntes de entonces -me dijo Laura, insinuante-. Si los quieres ver algún día, te los enseño. No los conoce nadie. A lo mejor tú si entiendes lo que quería hacer y hasta escribes el libro.
-Ese libro es más grande no escrito -dije yo, sumiéndome en la adulación, para escabullirme.

-Mi marido decía que los libros son mejores cuando se sueñan que cuando se escriben -recordó doña Viviana-. El caso es que cuando mi marido murió, yo no me puse de luto, sino que me morí también. Pregúntele a Laura. Aguante la ceremonia de su entierro, que fue muy bonita, con las autoridades de la Universidad y sus alumnos, discursos, elogios en el periódico. Aguanté, hasta eso, sin llorar, ecuánime, tratando de no fastidiar la ceremonia con mis mocos de viuda.

Pero apenas terminó eso, luego de la cremación y de que traje las cenizas de mi marido a la casa, mientras decidía qué hacer con ellas, el mundo se vino encima de mí y yo dejé que me aplastara. Quiero decir, no me importó nada. Era un dolor tan grande que no producía siquiera sufrimiento, sino una apatía y una insensibilidad como de piedra. Estuve meses encerrada, pregúntele a Laura, sin hablar, sin salir, sin comer. Como al año, di con mis huesos en el hospital, literalmente con mis huesos. Yo, que nunca he sido, por gracia de Dios, sobrada de carnes, llevaba unos veinte kilos menos. Pensaron que tenía también un mal fulminante, como el que había devorado a mi marido, y me pasaron por todos los instrumentos imaginables. No encontraron nada, salvo la ausencia de Laureano. Estaban los médicos asustados. Al cabo de un tiempo, me dijo una amiga en el hospital: "A tu edad no te puedes morir de amor, Viviana. Eso es para los jóvenes. Sería una ridiculez de vieja morirte de amor a los sesenta años. !Y de amor por tu marido! No puede ser". Me hizo reir Lolita con aquella ocurrencia. Fue mi primera sonrisa en mucho tiempo, la primera señal de vida desde que había muerto mi marido. La segunda, ¿cuál cree usted que fue?

-Ni idea -le dije.

-La noticia del monumento -reveló doña Viviana.

-¿El monumento de Molino del Rey? -pregunté.

-Ese mismo -dijo doña Viviana-. Apareció en el periódico que lo habían destruido sin darse cuenta durante unas obras de vialidad que estaban haciendo. Se hizo un escándalo. Imagínese usted: habían profanado el santuario de los defensores del 47. Hubo protestas de historiadores, urbanistas y herederos de los héroes. Pero lo que a mí me interesó fue que, en defensa del gobierno, salió una asociación de historiadores masones diciendo que el monumento aquel era un invento, que los restos enterrados ahí no correspondían a las personas que honraba el monumento, sino que eran huesos sobrantes del Panteón de Santa Paula y les pusieron los nombres de quien les dio la gana. Para probar eso, aquellos masones ponían el caso de uno de los dos generales ilustres que honraba el monumento, don Antonio León. Según distintas pruebas documentales, fotos y testimonios de los herederos, los restos del general León habían recibido cristiana sepultura en la catedral de Huajuapan de León, donde reposaban hasta la fecha. El escándalo, lejos de aminorarse con eso, se propagó. Luego de dos meses de guerrilla periodística en favor y en contra del monumento, el gobierno dispuso que se rehiciera y se reubicara. Pero pidió a una comisión de expertos del Instituto de Antropología que se exhumaran los restos y se autentificara si correspondía a los nombres de los héroes enterrados ahí. Le va a parecer absurdo, pero este escándalo fue el que empezó a devolverme la vida. Me pareció que mi marido y yo teníamos pendiente la batalla del entierro de Gregorio Gelati, porque el coronel seguía agitándose en su tumba, aunque mi marido lo hubiera logrado aquietar por un tiempo.

-Es increíble -le dije.

-La vida es increíble -aceptó doña Viviana-. La vida de cualquiera, la de usted, si se la cuenta usted completa a alguien, no se la creen. Porque la vida no es creíble. Son creíbles las novelas porque toman sólo una parte de la vida y la condimentan mucho. Pero eso es otro tema.

-¿Qué hizo usted entonces? -pregunté.

-Abusó de su hija chiquita -se quejó risueñamente Laura Reséndiz-. O sea, abusó de mí.

-Le pedí a Laura que se hiciera presente con los de la Comisión de Exhumaciones -explicó doña Viviana-. Le dije que se identificara como hija de su padre y les contara del interés y la veneración que su padre había tenido por ese Monumento, los muchos libros que había en su biblioteca para documentar el episodio y la disposición de la familia Reséndiz a colaborar con ellos en todo lo que les sirviera de la biblioteca.

-Con una condición -recordó Laura.

-Con una condición -aceptó doña Viviana-: Que Laura pudiera seguir de cerca sus descubrimientos y tener información de primera mano sobre lo que fueran encontrando.

-Nunca me contaste nada de esto -le dije a Laura-: ¿Fue antes de que coincidiéramos en el Castillo?

-Diez años antes -precisó Laura.

-Nunca me contaste.

-No eras del club de los fantasmas todavía -me dijo.

-Todavía no soy -recorde, y di con los nudillos en la mesa de madera-. A mí no se me ha aparecido nada, todavía.

-No se lo deseo -sentenció doña Viviana.

-Yo tampoco -confesé-. ¿Pero que dijeron los del Instituto?

-Aceptaron encantados -sonrió doña Viviana-. Entonces yo le dije a Laura: "Convéncelos que empiecen por la urna donde estén los restos de Gregorio Gelati. Diles que lo hagan por deferencia a tu papá, que vive en la privada de la calle de ese nombre".

-Fíjate las mañas de doña Viviana -jugó Laura, envolviéndome otra vez con la fragancia, cada vez menos oculta de sus grandes ojos verdes.

-¿Y los convenciste? -pregunté.

Completamente -se envaneció retrospectivamente Laura. -En cuanto levantaron las lozas y pusieron en orden las cajas con documentos y monedas conmemorativas del entierro, se fueron sobre la urna ocho que llevaba grabados los nombres de Gelati y otro señor que no me acuerdo.

-Rafael Linarte -precisó doña Viviana León-. Ese era el otro. 

-¿Y que encontraron? -pregunté.

-Encontraron al fantasma de Gelati -resumió Laura, riendo como si me hubieran llevado con felicidad hasta el final de la trampa.

-¿Por que? -dije yo-. ¿Qué encontraron?

-Porque yo tenía razón -dijo doña Viviana. -En la urna esa no estaban los restos de Gregorio Gelati. Había los huesos de un hombre no mayor de veintiocho años, pero Gelati tenía cuarenta y cinco al morir. El cráneo que se encontró estaba roto e incompleto, pero se conservaba suficiente para observar que no tenía el disparo que le quitó la vida a Gelati. Y había también un fémur amputado, recuerdo de una de esas operaciones en campaña. Pero Gelati murió completo no sufrió nunca la amputación de una pierna. En consecuencia, no podían ser los restos de Gelati, aunque lo dijera la lápida. Los masones habían tenido razón. Y yo también, en mis sospechas. No sabe usted las vueltas que dio Laura para no darme la noticia. Más vueltas que un perro antes de echarse.

-¿Por qué? -le pregunté a Laura.

-Porque no sabía cómo iba a reaccionar -explicó Laura-. No sabía cuánto la iba a afectar reabrir todo el asunto del fantasma y el entierro en su jardín. Ella misma parecía un fantasma que iba a desvanecerse en cualquier momento. Era impresionante verla. Estaba atada a la vida por un hilito. Y yo tenía miedo de romper ese hilito con mi noticia. Cuando se lo dije, me acuerdo que estaba temblando. Y ella también, un poquito. Pero cuando acabé, la vi respirar aliviada. Me dijo, nunca me voy a olvidar: "íBendito sea Dios que está enterrado en la casa!". Y a inmediata continuación, pidió de comer. Ahí acabó su postración, como si le hubieran inyectado un chorro de vida. No paró hasta que los médicos la dieron de alta dos semanas después, con cinco kilos de más y una depresión de menos.

-Era claro que me quedaba algo que hacer en la vida -dijo doña Viviana-. Me quedaba, por lo menos, enterrar al coronel, el cual, para ese momento, era ya una y la misma cosa con el recuerdo de mi marido. Laureano, fíjese usted, se había quedado detenido en mi memoria ese día que fuimos al Monumento y, como le dije, me reenamoré de él. Aunque me hubiera dicho mentiras, eso no importa. Fueron mentiras felices, que me hicieron feliz. Además, una no se enamora de las verdades. 

Generalmente una se enamora de las mentiras, ¿no cree usted?

-Absolutamente -concedí, sin titubear-. ¿Entonces qué hizo usted?

-Volví a mi casa. La limpié, la ordené, la puse a funcionar como funcionó siempre. Dorotea se había casado años atrás, y ahora tenía una asistente de entrada por salida. Pero Juan el mozo seguía con nosotros y para todo servía. Cuando sentí que las cosas volvían a ser lo que habían sido, y que yo misma estaba mejor de peso y de ánimo, viendo revivir mi casa, la casa que durante un año me pareció un ataúd, me dispuse a cumplir mi tarea. Busqué a un viejo amigo jesuita, amigo de mis épocas de caridades, y luego amigo también de mi marido, porque tenía la debilidad por la historia, y le hice jurar que iba a ayudarme sin preguntar de más. Se comprometió a eso y entonces le expliqué un poco, sin entrar en demasiados detalles. Le dije que quería enterrar las cenizas de mi marido en mi jardín y darle sepultura cristiana a unos huesos que mi marido había conservado durante años en su biblioteca, tratando de probar que eran los restos de Gregorio Gelati, el prócer que daba nombre a nuestra calle. Le conté el resultado de la exhumación del Monumento y le dije: "Laureano no pudo probar sin género de duda que ésos son los restos de Gelati, pero yo los doy por buenos porque no quiero tenerlos más en la casa". Me gustó de mi amigo jesuita, Toño Paniagua, que no hizo un solo aspaviento. Se mantuvo en su compromiso de no preguntar mucho, aunque a las claras le vi en los ojos que no me creía una palabra. "Quiero que bendigas esas tumbas y les brindes la paz". "El día que tú me digas", me dijo Toño Paniagua. "No tengo impedimento". Tomé entonces el grabado con la cara de Gelati, que seguía recordándome a mi primer marido en la mirada, y mandé hacer un ataúd con su efigie labrada en la tapa, con unas guirnaldas abajo, para darle la apariencia de un escudo. Cuando llegó el ataúd, llamé a Juan el mozo una mañana que la señora había ido al mercado y sólo estábamos él y yo en la casa, y le dije: "Vamos a escarbar en la azalea". Le oí crujir los ánimos, pero se echó para adelante sin chistar. Fue un trabajo. La azalea ya tenía metro y medio de alto y había enraizado bien. Hubo que desenraizarla y ponerla a un lado, separando las últimas raíces del saco de yute y del sudario mismo, que ya había sido perforado por la mata. Como pudo, Juan el mozo separó las raíces y me dio el envoltorio completo. Tenía su peso. Apenas pude aguantarlo y ponerlo en el ataúd. "¿Vuelvo a sembrar la mata?", me preguntó Juan. "Pásala a la maceta que traje", le dije. "Porque va a viajar mañana". Me miró sin entender, pero obedeció en silencio. "¿A dónde ponemos el ataúd?", me preguntó. "En la biblioteca del señor Laureano", le dije. "Pero antes quiero que me ayudes a ver una cosa". "Usted dirá", contestó Juan, no muy convencido. "Abre el saco y levanta el sudario de esos huesos", le dije. Me miró con los ojos pelones de incredulidad, pero lo aplaqué con una sonrisa. Haciendo un esfuerzo se inclinó sobre el ataúd, abrió el saco y apartó el sudario. "Dame el cráneo", le dije, como si le pidiera un sartén. Lo vi titubear entonces sí, pero antes de que titubeara otra vez, lo adelanté y tomé yo misma el cráneo del ataúd. Estaba incompleto y carcomido en la nuca y en uno de los parietales. Pero en el otro había una abertura que me pareció suficiente como huella del tiro que le había quitado la vida al coronel Gelati. Tuve una enorme pena, a través de los siglos, por su dolor y su valentía, y se me llenaron los ojos de lágrimas. Al día siguiente, vino Toño Paniagua. Enterramos las cenizas de Laureano en el lugar que había quedado abierto con la azalea. Juan cavó medio metro más de profundidad y pusimos ahí la urna de acero. Toño Paniagua bendijo el lugar y Juan sembró después una bugambilia, para que creciera enroscándose en la cerca. Meses más tarde, pusimos una placa con un perfil de Laureano y nuestro adiós. Ahí está todavía, si quiere verla antes de irse. Por lo que hace al ataúd, lo forré con una bandera mexicana, lo metimos a una camioneta y nos fuimos al panteón de Dolores, donde yo había apartado previamente un lote que costó carísimo, porque es un panteón saturado. Pero ahí me pareció que debía ser, porque es el panteón donde están los héroes del tiempo de Gelati, empezando por Benito Juárez, y me pareció que era el panteón donde Gelati debía estar. Nos tocó un lote al fondo, junto a la barda, entre unos arriates secos y unos cipreses esmirriados. Los mozos del panteón bajaron el ataúd a mano, un poco extrañados, porque están prohibidos los ataúdes de madera en la ciudad. Pero a nadie se le ocurrió revisarlo, nadie me puso impedimento, y una vez frente a la tumba, no hubo nada que hacer. Lo enterraron y ya. Acabé de persuadirlos dándoles una buena propina a cambio de que resembraran la azalea, que habíamos traído en su maceta. Toño Paniagua bendijo el entierro. Cuando terminó, yo empecé a cantar el himno nacional. Lo acabamos cantando todos, incluidos los mozos sepultureros. Dejé sobre la tumba un ramo de flores. Con el tiempo, mandé a hacer una lápida, con el retrato de Gelati, igual que en su ataúd y una leyenda que todavía dice:

Aquí yace en paz el coronel José Gregorio Gelati, defensor de su patria. Lo recuerdan sus deudos, como el mexicano primero que fue.

Tomó respiro doña Viviana y volteó a verme después, con los ojos todavía nublados por la emoción. 

-Usted me dirá lo que quiera -agregó, como cayendo en la cuenta de la impropiedad de su historia-. Pero esto que le cuento fue en el 66, hace veinte años. Y desde entonces, no ha vuelto por aquí el coronel.

Respiró de nuevo doña Viviana y dijo, para terminar, con un rizo de ensueño en la frente y los labios: -El único que sigue visitándome, es mi Laureano.

Wednesday, September 07, 2011

Mi Top Veinte de los restaurantes pequeños y puestos callejeros de la ciudad. (Continuación)

Como al parecer hay mucho tragón y antojadízo como yo, he decidido crecer mi lista pues al terminar y revisarla me he dado cuenta de importantes omisiones. Entonces ya que me quedén en el 10, continuaré en el 11 como es debido hasta llegar a 20.

Probablemente la lista siga creciendo, sobre todo con sus contribuciones. Pues por que he vivido desde hace mucho tiempo en ciertas zonas de la ciudad pues soy conocedor del centro, condesa y roma, pero tengo grandes lagunas respecto al sur y otras zonas de la ciudad. Bueno pues espero que sigan disfrutando de la lectura de esta lista y sobre todo cuando tengan oportunidad, de las delicias que en ella describo. Salud y buen apetito.

11.- Las Tortas de Afuera del Moro. Si usted que anda por el centro de repente le cruje la tripa y piensa meterse al primer McDonald´s que se le ponga enfrente: ¡Alto! Está usted muy cerca de un verdadero santuario de la torta. Camine hacia la Torre Latinoaméricana y baje por Eje Central hasta llegar al Moro. No, no se va a comer un churro. Ahí en el mismo lugar hay un pequeño puesto que vende tortas. Son unas madres minúsculas pero inversamente proporcionales en tamaño a su maravilloso sabor. Sólo hay de dos: de pastor y de pierna con mole. No se haga cruces, pida una de cada una y así continúe hasta que quede lleno. Para su tamaño son un poco caras pero bueno es un pequeño lujo que su panza bien lo vale. Se va a bajar las tortas con unas ampolletitas de Orange Crush o Sidral. Es lo único que venden pero no se apure, comprobado que hacen un estupendo maridaje.

12.- El Rey de los Mariscos: Cuando hace calor en la Ciudad de México se antoja siempre un buen cocktail de camarones. Pues si anda usted en metro bájese en la estación Sevilla pues ahí afuera, en plena Avenida Chapultepec encontrará esta vecindad venida a restaurante. Es cierto, en una jugada sorprendente y como solo se puede ver en la capirucha, encontrará que cada casa de la otrora vecindad se ha convertido en una "ala" del restaurante. Así que de repente usted estará comiendo en una recamara o si le va bien en alguna sala que ahora tiene mesas y decoracion caribeña. Pero no se engañe, aquí se come y se come bien. Los cockteles son en vaso de vidrio de esos de licuado, llenos de camarones rosaditos y ostiones frescos. Hay una carta bastante aceptable, pero lo mejor son los mariscos frescos. El pescado también lo hacen bastante bien. Avenida Chapultepec 464, Colonia Roma Norte.

13.- Pan Comido: Yo siempre desprecié la comida vegetariana porque mi papá me llevaba a un restaurante en el centro que era barato y feo, por lo que siempre me enfermaba del estómago. Sin embargo, he descubierto alternativas no solamente aceptables, sino de verdad sabrosas. En este lugar lo saludable no está peleado con lo condimentado o lo rico. Aquí podrán encontrar hamburguesas de hongo portobello que verdaderamente saben a hamburguesas, ricotas, baguettes y sandwiches. Mis preferidos son el Sabina que es un emparedado de milanesa de soya, queso y chipotle. La hamburguesa Da Vinci es otra delicia. Te sirven agua de sabor con un twist interesante, alguna hierba o raíz como el jengibre. Los precios son muy baratos. Tonalá s/n (si tuviera número, sería el 91). Entre Álvaro Obregón y (casi esquina) Chihuahua.

14.- Brunch Deli: Usted mi querido amigo si sigue leyendo esto es un comelón y como todo buen tragón de seguro es un amante de las carnes frías y los quesos. En la esquina de Molinos del Campo y Gelati hay un pequeño local sacado de sus calenturas europeas. Ahí tienen una pequeña pero bien surtida selección de embutidos y quesos, también venden pan y conservas. Pero lo mejor es que puede escoger el jamón de su elección cruzarlo con el queso que más se le antoje y pedir que le hagan una baguette. Una delicia. A mí me gusta mucho el jamón holandes con camembert; otro es jamón con aceitunas con queso gouda; Otro es el jamón serrano con queso de cabra. En fin, el límite es su imaginación, su antojo y la selección de carnes y quesos del lugar. Se puede bajar todo con un buen té de infusión o un café. Nada despreciables.

15.- El Caminero: Atrás de la embajada americana se encontrará usted con uno de los mejores consomés de garbanzos que hay en la tierra. Lo venden en una pequeña taquería y que sirve como entrada para un verdadero atascón de tacos. Si usted pide la órden de seis le van a servir una montaña humeante de carne, pidala con queso que lo hace más rico. Las dos salsas, verde y roja son una ricura. Aquí las cebollitas están súper tostadas, casi tienen una capa de carbón por lo que hay que quitarles la envoltura pero con limón saben: um, um. Al final pida el pastel helado con relleno pastelero. Es de moka y desde que era niño ha sido siempre uno de mis favoritos.


16.-Julius Pizza: Cuando era pequeño y vivía en la Jardín Balbuena había un lugar que se llamaba Billy´s Pizza. De ahí es mi recuerdo de las mejores pizzas que he probado. Tal vez porque era mi primer encuentro con ese platillo o porque de verdad le echaban ganas, todavía recuerdo mis primeros tragos de cerveza en ese lugar pues fui hasta que me convertí en adolescente. Pero bueno, despues salí a conocer el mundo y descubrí otros lugares. Uno de ellos es Julius Pizza, en el corazón de la Del Valle. Ese es también el museo de la coca-cola pues tienen toda la parafernalia y souvenirs que tienen que ver con esa marca. Las pizzas son las de la masa gruesa y blandita pero bastante sabrosas. Clásica pizza mexicana en todas sus variantes. Ahí probé una mexicana no tan mala, pero las clásicas son las mejores: Jamón, queso solo, peperoni, champiñones o pimiento. Todas son garantía. Obvio te tienes que tomar ahí una coca-cola de vidrio bien fría. Pilares esquina con Rafael Alducin cerca del parque Tlacoquemecatl.

17.- Las tortas de La Lagunilla: ¿Es usted un amante de las antiguedades?, ¿le gusta pasearse los domingos entre anticuallas y cosas viejas? Entonces podrá encontrar sin problema este lugar. Es un pequeño puesto callejero en la entrada del mercado de antiguedades de La Lagunilla en la calle de González Bocanegra. Ahí vas a comer las mejores tortas de bacalao que has probado. Las venden todo el año al estilo "navidad" con almendras y aceitunas. También hay tacos de cochinita pibil que no le piden nada a las tortas. Al lado hay un puesto que vende cocos frescos por lo que te puedes bajar tu torta con agua de coco.

18.- Mikasa: Este mercado japones se encuentra a mitad de San Luis Potosí en la Colonia Roma. Venden comida japonesa y olvídese de los restaurantes, este lugar es la onda nipona. La sopa miso le hará decir "Hiyaaaa" y la ensalada de tofu es una deliciosidad. No puede dejar pasar los rollos en todas sus combinaciones. Los sábados además venden brochetas al carbón y varias ricuras más.

19.- Las Costillas de San Luis: Ya que estamos por la zona, dos cuadras hacia la doctores encontrarán a Las Costillas de San Luis, mítico lugar en donde se come carne en serio. Unas costillas gigantes acompañadas con nopales y cebollitas y tortillas muy gruesas que parecen hot-cakes recien hechas son las que le dan su toque especial a ese lugar. La carne es bastante rica, acompañela con una órden de frijoles charros. Con eso se puede pasar toda la tarde masticando vaca y sudando por el calor de lugar. Pero no se espante, es bastante agradable pues uno entra en trance comiendo. San Luis Potosí 129.

20.- El Califa de León: Este lugar en la Ribera de San Cosme tiene 40 años de fama. Su secreto: marinar un día antes la carne que asan en manteca de puerco. Obviamente estos tacos son adictivos. También muy caros pues un sólo taco cuesta algo así como 35 pesos y son tacos normales. Pero no te vas a resistir a probarlos de bistec o de costilla, las únicas dos opciones que hay, te los puedes bajar con refrescos de toronja que también es lo único que hay. La salsa es muy picosa pero bien vale la pena probarla. Aquí cenaba Colosio dicen las malas lenguas, obvio antes de que me lo mataran en Tijuana. San Cosme 56.

Bueno, espero que se les haya abierto el apetito y se lancen a buscar estos lugares. Garantizados en su sabrosidad y grasocidad. Felices mordidas.