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Wednesday, November 23, 2011

Cuentos de Ladrones y Polecías I

Dos pájaros de un tiro.

Todo estaba bien planiado, el cajero que había sido trabajado por el Chairas a través de la Chacuara, le había pasado el pitazo de que la troka de valores iba a venir bien cargadita. Como todos los martes a las 3 de la tarde. Era un golpe doble: banco y camioneta de valores.

El que organizó todo era el Negro, que había sido judicial y ahora era el jefe de una banda asalta bancos muy chingona.

Eramos 5, 3 ibamos a estar en el banco y 2 más en la camioneta. Primero uno y luego el otro, el chiste era el tiempo, era estar sincronizados.

Habíamos estado registrando los movimientos durante los dos últimos meses. Qué hacía exactamente, qué cosa, cada quién, cada cuándo.

Todo estaba en su lugar y cómo debía ser. Vestimos todos de colores obscuros. Antes de entrar revisamos las pistolas. Habían sido engrasadas y tenían balas nuevas. Las habíamos conseguido en Tepito y las probamos en un descampado en Milpa Alta. Nadie se enteró y si alguien escuchó, ni se asomaron. Funcionaban muy bien.

Yo traía una Colt 45, era de color negro y se sentía muy bien el peso. Si alguien se ponía pendejo le podía poner unos putazos y someterlo sin gastar una sola bala. Era un muy buen fogón.

Llegamos en un coche, un Neón que se robó el Sardo, un cabrón que siempre usaba el cabello como militar y creo que fue cabo, pero lo degradaron por violento. Especialista en robo de coches e hijo de la chingada como ninguno otro. Siempre usa lente oscuro y anda mascando un palillo, moreno y con la barba de 3 días, sus pelos gruesos en la barba le dan un aspecto de insecto. No me gusta mirarlo a los ojos, me ponía nervioso el tipo.

El que venía al volante era el Juanito, un michoacano que había sido de La Familia pero que rompió no sé qué pinche código y ahora andaba en el DF, traficando todavía, pero por su cuenta. Era bueno pal volante y se sumó al plan en cuanto se enteró. Junto a él estaba el Dientepunto, un pinche vasco mamón que según el jefe era una verga parada para eso de los explosivos. Un culero terrorista es lo que era.

 Total, llegamos a la cita todos puntuales y nos trepamos a la nave que rápido llegó hasta la esquina de Insurgentes y División, ahí nos bajamos y en 10 segundos estabamos ya cada quien en su posición.

El robo al banco fue un golpe limpio, nuestro "topo" había dejado "accidentalmente" la puerta abierta, entramos y amagamos a todos.

El gerente pretendió hacerse el héroe pero a después de unos culatazos y ver como el Negro le volaba la cabeza al "topo", hizo todo lo que le dijimos sin rechistar.

El banco ese día estaba repleto de efectivo. El primer golpe estaba dado. Para cuando llegó el camión de valores. El resto del equipo estaba listo y en posición. Por desgracia, solo nos pudimos llevar de ahí unas cuantas bolsas, pues todo lo demás estaba en la caja fuerte de la furgoneta. Aún así el golpe estaba completo. Salímos hechos la mocha en el auto que nos esperaba con el motor encendido. Todo lo echamos en la cajuela, se sentía pesado el coche.

Dimos la vuelta en U y nos fuimos hacía el otro lado de División, 3 cuadras más adelante nos esperaba estacionada otra camioneta que habíamos dejado para cambiar de vehículo. Ahora estaban buscando un Neón 2005, color plata, mientras huíamos en una Outlander negra del 2011. Todo había salido como lo había planeado el negro.


Nos dirigiamos a la casa de seguridad que tenía el Negro para repartir el varo; todos ibamos recontentos, aún el Dienteputo sonreía y se le veían los espacios pues era chimuelo. Todos nos palmeabamos y nos felicitabamos.


Ibamos respetando el límite de velocidad, cuando al dar la vuelta en Miguel Ángel de Quevedo, un mal calculo hizo que nuestra defensa rosara la defensa de un Beettle VW apenas por centimentros. Estaba el alto. El dueño del Beetle se bajó presuroso y desde el lugar del copiloto el negro vio que era apenas un rayoncito. Ni 3 cm de pintura. Una mamada. El dueño del Beetle se acercó a la ventanilla del Negro y le tocó el cristal. El Negro bajó la ventana y le dijo: -¿Qué chingaos quieres?, ni le pasó nada a tu chingadera -A lo que el dueño del otro auto, replicó, creo yo, con cierta razón, que fuera lo que fuera había que llamar a los seguros.


Nosotros no estabamos para seguros. El Negro evaluó durante unos segundos la situación, metió la mano en una de las bolsas de dinero y apartó un mísero billete de 50 varos y se lo aventó en la jeta al conductor que por un instante no supo que hacer.


-Pelate -ladró el Negro al Juanito, quien ni tardo ni perezoso, se dio a la fuga.


Avanzamos unas cinco cuadras cuando de repente ya nos esperaban 8 patrullas en formación cerrándonos el paso. Todavía no nos explicábamos como se había dado color la chota, cuando de atrás llegó el Beetle.


Cuando nos bajaron y encontraron el varo y las armas no tardaron mucho en sacar sus propias conclusiones.


Nos subían a la patrulla cuando escuché que le decían al del Beetle -Oiga comandante, ¿Y a poco cuando le rayaron el coche no se dio color que eran los asaltantes? ¡Ora sí que mató dos pájaros de un tiro! ¿Porque sí los va a hacer que le paguen la pintura, no?

















El caso de los anteojos rotos

El título de mi post haría pensar en una historia contada al estilo Agatha Cristhie o Sir Arthur Conan Doyle, de quienes soy un gran fan, pero no, este texto tiene que ver más con una reflexión sobre lo que es usar anteojos en este mundo de operaciones laser y de lentes de contacto y quererlos por sobre todas los demás prejuicios que acompañan al cegatas.

Desde pequeño he sido un poco impedido visual (padezco un ligero astigmatismo) que me dificulta manejar o ver películas sin mis vidrios. Sin embargo, jamás me molestó tener que usarlos, muy al contrario siempre me han parecido parte de mi personalidad aristocrática, pedante y pretenciosa.

Cuando tenía 13 años y me probé mi primer par de lentes le pregunté al oculista: -¿Usando estos lentes se corregirá mi vista? - A lo que respondió con un -Ajá, sí como no - que asumí era una burla a mi ingenuidad adolescente. ¿Por qué será que los viejitos que se dedican a la salud siempre son tan enojones y además burlones con la chaviza?

Mi primer par de lentes eran feos y con fotosensibilidad, es decir doblemente feos y nacos. El asunto es que el que los compró fue mi papá y él siempre se ha caracterizado por tener nada de onda y muy al contrario ser extremadamente codo, por lo que tuve que escoger un modelo horrible pero en oferta, obviamente y además cuando le dijeron que por el mismo precio podrían ser lentes obscuros bajo la luz del sol, pues no dudo ni un segundo y por supuesto ni me preguntó.

Toda la gente que sabe de moda sabe que el tipo de lente debe ir con el tipo de rostro, ese tipo de trivialidades a mi papá lo dejaban frío, así que sobra decir que los lentes ni iban con mi tipo de cara y más bien me daban una apariencia de nerd que en ese tiempo no podía confundirse con absolutamente nada cool. Yo era simplemente un ñoño.

Así transité por la vida en mi adolescencia y gran parte de mi vida adulta. Cuando pude empezar a trabajar, aproveché para salirme de mi casa, así que fui una persona muy pobre durante mis veintes, pero eso sí, muy libre. Entonces tampoco me podía financiar unos buenos lentes. Descubrí los lentes de pasta eso sí, que según yo me hacían ver muy acá, muy beatnik según yo, hasta que un día Ana Pontes me dijo que parecían lentes de Patito, una novela muy mamalona que salía en ese tiempo en el Canal de las Estrellas.

Quiso el destino que conociera a mi mujer por esos tiempos y a quien le reconozco el sentido del gusto. Ella fue la que me regaló mi primer par de lentes de calidad de Navidá. Unos Lagerfeld carísimos en mis términos (costaron 1,500 pesos) muy monones que  me hacen ver como millonario griego. Para mi desgracia mi hijo pequeño piensa que es muy cool jalarlos como si fueran el monstruo elástico. Han aguantando esos lentes pero ayer al acostarme, quedaron sobre la cama y en una de mis tantas vueltas los terminé por romper.

Hoy en la mañana al verlos, tuve un obscuro sentimiento de desamparo, de ceguera temporal, de miopia existencial; así que me avoqué a encontrar a través de la Internet un hospital de lentes, no encontré uno cerca, qué sí están registrados, pero al ir a la óptica más cercana me dijeron que todas ellas tienen contacto con alguna clínica repara anteojos y por la módica cantidad de 130 pesos prometieron que arreglarían los míos.

Es probable que cuando mi esposa, mi querida esposa, los vea reparados, insista en que los tire y me compre unos nuevos, lo cual me parece una franca excentricidad pues no somos ricos, sin embargo creo que mientras no se percate los voy a disfrutar más pues me parecen que unos lentes que han sido arreglados, son como los zapatos que les ponen suelas nuevas, uno siente que vuelve a estrenar, pero además sobre un producto que ya ha usado y que es parte de ti: doble cariño pues.

Me parece que mis lentes ahora van a tener más estilo.